Ambroise Pare, hermafroditas o androginos

DE LOS HERMAFRODITAS O ANDRÓGINOS, ES DECIR, QUE TIENEN DOS SEXOS EN UN MISMO CUERPO
LOS hermafroditas o andróginos son criaturas que nacen con doble aparato genital, masculino y femenino, y por ello son llamados en nuestra lengua francesa hombres-mujeres. En cuanto a la causa, es que la mujer aporta tanto semen como el hombre en proporción, y por eso la virtud formadora, que siempre trata de crear su semejante, es decir, un macho a partir de la materia masculina, y una hembra de la femenina, hace que en un mismo cuerpo se reúnan a veces los dos sexos, y se les llama hermafroditas. Existen cuatro variedades, a saber: hermafrodita macho, que es aquel que tiene el sexo del hombre perfecto, puede engendrar, y presenta en el perineo (que es la zona entre el escroto y el trasero) un orificio en forma de vulva, que sin embargo no penetra en el interior del cuerpo, y del que no sale ni orina ni semen. La mujer hermafrodita, además de su vulva que está bien formada y por la que arroja el semen y las reglas, tiene un miembro viril, situado por encima de dicha vulva cerca del pubis, sin prepucio, pero de una piel delicada, que no puede volverse ni replegarse, sin erección alguna; de él no sale orina ni semen, y no hay rastro de escroto ni de testículos. Los hermafroditas que no son de uno ni de otro tipo, son los que están totalmente privados y exentos de generación, y cuyos sexos son totalmente imperfectos, situados uno junto al otro, a veces uno encima y el otro debajo, y no pueden utilizarlos sino para expulsar la orina. Hermafroditas machos y hembras son los que tienen ambos sexos bien formados, y pueden utilizarlos y emplearlos para engendrar; y a éstos, las leyes antiguas y modernas les hicieron —y les hacen aún— elegir qué sexo desean utilizar, con prohibición, so pena de perder la vida, de utilizar aquel que no hubieran escogido, debido a los inconvenientes que de ello pudieran resultar. Pues algunos han abusado de tal manera, que mediante un uso mutuo y recíproco se entregaban a la lascivia con uno y otro sexo, a veces de hombre, a veces de mujer, puesto que tenían naturaleza de hombre y mujer adecuada para tal acto; incluso, como escribe Aristóteles, su seno derecho es como el de un hombre y el izquierdo como el de una mujer.
Los médicos y cirujanos experimentados y entendidos pueden discernir si los hermafroditas son más aptos para ostentar y utilizar un sexo u otro, o los dos, o ninguno en absoluto. Y tal cosa se determinará por las partes genitales, es decir, si el sexo femenino es de dimensiones apropiadas para recibir la verga viril, y si por él manan las reglas; se determinará igualmente por el rostro, y si los cabellos son finos o gruesos; si la voz es varonil o débil; si los pechos son semejantes a los de los hombres o a los de las mujeres; también, si el aspecto todo del cuerpo es robusto o afeminado, si son atrevidos o temerosos, y otras actitudes propias de varones o de hembras. Y, en cuanto a las partes genitales que corresponden al hombre, hay que examinar y ver si existe gran cantidad de vello en el pubis y en torno al ano, pues por regla general, casi siempre, las mujeres carecen de él en el trasero. Del mismo modo, hay que examinar si la verga viril está bien proporcionada en grosor y largura, si se yergue y si de ella mana el semen, lo que se hará en virtud de la confesión del hermafrodita, una vez haya estado en compañía de mujer; y por este examen se podrá en verdad discernir y reconocer al hermadrodita macho o hembra, o si son una y otra cosa, o si no son ninguna de ambas. Y si el sexo del hermafrodita tiende más al del hombre que al de la mujer, ha de llamársele hombre; y lo mismo sucederá con la mujer. Y si el hermafrodita tiene tanto de uno como de otro, será llamado hermafrodita hombre y mujer, como puedes verlo en esa ilustración [Fig. 19].

 

 

 

 

 

 

 

 

En el ario 1486 se vio nacer en el Palatinado, bastante cerca de Heidelberg, en una aldea llamada Rorbarchie, a dos niños gemelos enlazados y unidos por la espalda, y que eran hermafroditas, como puede verse en esta imagen [Fig. 20].


Por otra parte, al comienzo del cuello de la matriz se encuentra la entrada y hendidura del sexo de la mujer, que los latinos llaman Pecten [=peine]; y sus bordes, que están cubiertos de vello, se llaman en griego Pterigomata, como si dijéramos alas, o labios de la culminación de la mujer, y entre ellos hay dos excrecencias de carne musculosa, una a cada lado, que cubren la salida de conducto de la orina, y se cierran, una vez que la mujer ha orinado. Los griegos las llaman ninfas, y a algunas mujeres les cuelgan y sobresalen fuera del cuello de la matriz, alargándose y acortándose, como lo hace la cresta de un pavo. En especial, cuando ellas desean el coito y sus maridos se disponen a acercarse, se yerguen como la verga viril, hasta el punto que gozan de ellas con otras mujeres: si se las ve desnudas, las vuelven muy vergonzosas y deformes, y a tales mujeres debe ligárseles y cortárseles lo que es superfluo, pues podrían abusar de ello; el cirujano tendrá cuidado de no hacer una incisión demasiado profunda, para evitar una gran efusión de sangre, y de no cortar el cuello de la vejiga, pues en lo sucesivo no podrían retener su orina, que manaría gota a gota.

Y que haya mujeres que, por medio de estas excrecencias o ninfas, abusen unas de otras, es cosa tan cierta como monstruosa y difícil de creer; está confirmado, sin embargo, por un relato memorable sacado de la Historia de África compuesta por León el Africano. Entre los adivinos que hay en Fez, ciudad importante de Mauritania, en África, existen ciertas mujeres (dice en el libro tercero) que hacen creer al pueblo que tienen trato familiar con los demonios; se aplican ciertos perfumes, fingiendo que el espíritu les entra en el cuerpo, y mediante el cambio de su voz dan a entender que es el espíritu quien habla por su garganta. Entonces, con gran reverencia, la gente les deja un donativo para el demonio. Los sabios africanos llaman a semejantes mujeres Sahacat, que equivale en latín a Fricatrices, ya que se frotan una a otra por placer, y en verdad están aquejadas de ese feo vicio de usar carnalmente unas de otras. Por ello, si va a consultarlas una mujer hermosa, le piden como pago, en nombre del espíritu, relaciones carnales. Y existen algunas que, habiéndole tomado gusto a ese juego, atraídas por el dulce placer que de ellas reciben, aparentan estar enfermas y mandan en busca de esas adivinadoras, y muchas veces hacen que su propio marido lleve este recado; pero, para ocultar mejor su maldad, hacen creer al marido que ha entrado un espíritu en el cuerpo de su mujer, y que, teniendo la salud de ésta a su cargo, es menester que le dé licencia para que pueda ponerse en trato con las adivinadoras: el infeliz marido consiente, y prepara un suntuoso festín para toda esta respetable pandilla; al concluir el festín comienza el baile, y la mujer tiene permiso para irse donde le parezca oportuno. Pero hay algunos que, percatándose astutamente del engaño, hacen salir al espíritu del cuerpo de su mujer a fuerza de palos. Otros también, haciendo creer a las adivinas que están poseídos por los espíritus, las engañan por el mismo medio que han utilizado ellas para con sus mujeres. Esto es lo que escribe al respecto León el Africano, y asegura en otro lugar que hay gentes en África que recorren la ciudad a la manera de nuestros castradores, y han hecho su oficio de cortar tales excrecencias, como hemos mostrado anteriormente al tratar de las operaciones de cirugía.
El día en que se reconciliaron venecianos y genoveses, nació en Italia —según cuenta Boaistuau— un monstruo que tenía cuatro brazos y cuatro piernas, y solamente una cabeza, con el resto del cuerpo bien proporcionado: fue bautizado, y vivió por algún tiempo. Jacques Rueff, cirujano de Zurich, escribe que vio uno semejante, teniendo éste dos sexos de mujer, como puedes comprobarlo en esta imagen [Fig. 21].