Casa Embrujada

CASA EMBRUJADA A fines del mes de Nivoso, año 13 (cuarto mes de 1805), sucedió en París, en la calle de Notre-Dame-Nazarelh, una escena que hizo mucho ruido. Vióse de repente volar por los aires muchas botellas, desde la bodega a la guardilla; varias perso­nas fueron heridas, y los pedazos quedaron amontonados en el jardín, sin que la multitud de curiosos pudiese averiguar la causa que producía este fenómeno. Consultóse a muchos físicos y alquimistas, pero ninguno de ellos pudo averiguar de qué fábrica podían haber salido las botellas que se les mostraron. La gente del vulgo se persuadió que eran del diablo, y que tan rara aventura sólo podía ser obra de los brujos o de los aparecidos; las mismas personas instruidas, crédulas también, no sabían qué pensar. No tardó mucho la policía en descubrir el motivo de tan singular aventura, y bien pron­to se supo que los mágicos, los aparecidos, los demonios, no eran sino los habitantes de la casa, ayudados de un físico que por medio de la electricidad y de un agujero impercep­tible, hecho en la pared de la vecina habita­ción, lograban hacer mover a su placer los muebles de la casa embrujada. Tenían por ob­jeto impedir al propietario que la vendiese, y vengábanse al propio tiempo de una persona de la cual creían tener motivos de queja (1). Madame de Genlis refiere en sus Memo­rias (2) que cuando marchó su esposo a su regimiento, su tía quiso de todos modos ha­cerla preparar un aposento en su casa, y le preguntó si tendría miedo de habitar en el cuarto bajo. Entonces madame de Genlis (lo dice ella misma), para probar su valor, entró en él, seguida de un criado que llevaba en la mano dos candeleros encendidos; pero apenas abrió la puerta de la antesala, dio un paso hacia atrás arrojando un agudo grito. Acaba­ba de sentir distintamente en su rostro el frío de una enorme mano helada y cayó desvane­cida. Su tía, al verla en este estado, la hizo varias preguntas, pero en vano; poco después, habiendo entrado el criado en la sala con las luces, dio la explicación de este pretendido prodigio. Era un naranjo seco colocado al lado de la puerta, del cual una rama había pegado contra su cara.

El parlamento de Burdeos tuvo necesidad de consultar a los teólogos para averiguar si una casa de aquella ciudad estaba infestada de espíritus malignos, y sobre su respuesta afirmativa, por sentencia de 1595, pronunció la cesación del arrendamiento. Véase Alosan-dro, Atenodoro, Ayola, Bolacre, Salas infes­tadas, Aparecidos, etc.

 

(1) M. salgues, “De los errores, etc.”

(2) Tomo II, p. 53