Dance of sabbath o junta de Brujos

JUNTA DE BRUJOS
Llamábase así y también sábado la asamblea de los demonios y de los brujos y brujas, en sus orgías noctur­nas. En ellas se ocupan de ordinario en hacer o meditar algún mal, a dar temores y miedo, en preparar los maleficios y en misterios abo­minables.
La junta se verifica en una encrucijada, o en algún lugar desierto y salvaje, cerca de un lago o de un estanque, porque en él hacen el granizo y levantan las tempestades. El lugar que sirve para estas nocturnas reuniones reci­be tal maldición que no crece en él ni hierba ni planta alguna. Strezzi dice que ha visto en un campo, cerca de Vicenza, un círculo alre­dedor de un castaño, y cuya tierra era tan árida como las ardientes arenas de Libia, por­que los brujos danzaban en él y tenían allí su sábado. Las noches ordinarias para la convo­cación de la junta son la del miércoles al jue­ves, o la del viernes al sábado; algunas veces se reúnen los brujos al medio día; pero es muy raro. Todos llevan una marca que el diablo les ha impreso en las nalgas o en otro lugar secreto; esta marca, por un movimiento inte­rior que les causa, les advierte la hora de la junta. En caso de necesidad, el diablo hace aparecer en una nube a un carnero (que nadie más que los brujos pueden ver) para reunir a la asamblea en un instante. En los casos ordinarios, llegada la hora de la partida, luego que los brujos han dormido, o al menos cerra­do un ojo, que es de obligación, se trasladan al sábado montados en palos, o en mangos de escoba, untados con un ungüento hecho de. la gordura de un niño recién nacido; o bien diablos subalternos los transportan, bajo la forma de machos, de cabríos, de caballos, de asnos, o de otros animales. Este viaje lo hacen siem­pre por los aires. Cuando las brujas se untan las ingles para montar en el mango de escoba que debe llevarlas al sábado, repiten muchas veces estas palabras: Emen-hetan!, emen-he-tari!,que significa, según Delancre, ¡aquí y allí!, ¡aquí y allí!
Había sin embargo en Francia brujas que iban a la junta nocturna sin palo, ni grasa, ni montura; sólo pronunciando algnnas palabras. Pero las de Italia han tenido siempre un chi­vo en la puerta que les esperaba para condu­cirlas a ella. Es de notar que deben todos ¡salir por el cañón de la chimenea, a no ser que ten­gan un permiso especial, lo que es bastante difícil obtener. Eos que faltan a la cita pagan una multa, pues el diablo gusta de la disci­plina.
Las brujas conducen frecuentemente al sá­bado, por diferentes usos, niños que ellas ro­ban. Si una bruja promete presentar al diablo en el próximo sábado el hijo o hija de algún mendigo de la vecindad y no puede encon­trarle, se ve obligado a presentar a hijo o a otro niño cualquiera. Los niños que tienen el honor de agradar al diablo son admitidos en­tre sus servidores, del siguiente modo: Maese Leonardo, el gran negro, presidente de las nocturnas orgías, y el diablillo Juan Mull in, su segundo, dan primeramente un padrino y una madrina al niño; luego se le hace renun­ciar a Dios, a la Virgen y a los santos, y luego que ha renegado sobre el gran libro, Leonar­do le señala en el ojo izquierdo con uno de sus cuernos. Lleva esta marca todo el tiempo que duran las pruebas, al cabo del cual, si se ha portado gloriosamente, el diablo le pone el grande signo entre las nalgas; esta marca tiene la figura de un cabrito, de una pata de sapo, o de un pie de gato negro.
Durante todo el noviciado, encárgase a los niños admitidos a guardar los sapos con una vara blanca en las orillas del lago, todos los días de la asamblea, cuando han recibido la segunda marca, que es para ellos una especie de certificado de su recepción, son admitidos a la danza y al festín. Los brujos iniciados en los misterios del sábado acostumbran a decir: He bebido tamboril, he comido címbalo y soy profeso. Lo que Leloyer explica de esta suer­te: Por el tamboril se entiende la piel de chi­vo hinchada, de la cual sacan el zumo para beberlo; y el címbalo, el caldero que usan para cocer sus manjares. Los niños que no prometen adelantos en la carrera de la brujería son condenados a ser cocidos en él. Bru­jas hay preparadas para destrozarlos y pre­pararlos para el banquete.
Luego que se llega al sábado, lo primero que se hace es tributar homenaje a Maese Leo­nardo. Está sentado éste en un trono infernal, ordinariamente bajo la figura de un gran chi­vo, con tres cuernos, de los cuales el de enmedio despide una luz rojiza que alumbra toda la asamblea; algunas veces se ve en forma ele un lebrel, o de un buey, o de un tronco de ár­bol sin pies, con una figura humana muy som­bría; de un pájaro negro, o de un hombre ne­gro o encarnado. Pero su forma favorita es la primera, la de un gran chivo. Entonces tie­ne en la frente el cuerno luminoso, los otros dos en cada lado del cuello, una corona ne­gra, los pelos herizados, la cara pálida y tor­va, los ojos redondos, grandes y muy encendi­dos y asquerosos, barba de cabra, las manos como las de hombre, excepto los dedos que son todos iguales, coitos como las garras de un ave de rapiña y terminando en punta, los pies como patas de ganso, la cola larga como la de un asno; tiene la voz horrible y sin tono, una gravedad soberbia y el continente de una persona melancólica; pero lo más particular es que tiene bajo la cola una cara humana ne­gra, que todos los brujos besan al llegar al sábado.
Preguntada una bruja sobre el particular, sí había besado la parte posterior del diablo, contestó que había una cara entre el trasero y la cola del gran maestro; que en esta cara de detrás era donde se besaba y no en el trasero, que los chiquillos estaban exceptuados de esta ceremonia, y que Leonardo les besaba el tra­sero mientras recibía los homenajes de sus ser­vidores. Semejante testimonio debe quitar to­das las dudas.
Leonardo da en seguida algún dinero a cuantos le han besado el trasero, y luego se levanta para el festín, en el que el maestro de ceremonias va colocando a todos según su clase, con un diablo al lado. Algunos brujos han dicho que los manteles son dorados, y que se sirve toda clase de exquisitos manjares con pan y vino delicados; pero el mayor de los brujos más entendidos confiesa que sólo se sirven sapos, carne de ahorcados, recién na­cidos no bautizados y mil otras cosas horro­rosas, y que el pan del diablo es hecho de mijo negro. Se cantan, durante la comida, can­ciones impúdicas y después que se ha comi­do se levantan los manteles, adoran al gran maestro, y luego cada uno se entrega a los placeres que más le acomodan. Unos se ponen en camisa y bailan a la redonda, teniendo cada uno un grueso gato ahorcado a sus es­paldas; otros dan cuenta de los males que han hecho, y los que no han hecho bastantes son castigados como merecen: algunos brujos responden a las acusaciones de los sapos que les sirven; cuando se quejan de no ser bien alimentados por sus amas, éstas son castiga­das; los correctores del sábado son diablillos sin brazos que encienden un gran fuego en el que arrojan a los culpados, sacándolos cuan­do es menester.
Allí se bautizan sapos vestidos de tercio­pelo encarnado o negro, con una campanilla al cuello y otra en los pies; un padrino les sostiene la cabeza y una madrina la parte opuesta, y después que se les ha dado un nombre se les envía a las brujas que han me­recido bien de las legiones infernales. Aquí una mágica celebra la misa del diablo para los que la quieran oír; allí una mujer se en­trega al adulterio a vista de su marido, sin que se ofenda, y aún se cree honrado. Empero, lo más abominable: el padre deshonra a su hija sin vergüenza, la madre se abandona a su hijo y la hermana al hermano. La mayor parte bailan desnudos, y las mujeres en este estado se paran de cuando en cuando para be­sar el trasero del maestro del sábado, con una candela en la mano; otros forman cuadrillas con sapos vestidos de terciopelo y cargados de campanillas, cuyas diversiones duran has­ta el canto del gallo, pues en este momento todos se ven obligados a desaparecer; enton­ces el gran negro se mea en un agujero, rocía con sus orines a los circunstantes, les despide y cada uno vuelve a su casa.
Cuéntase que avisado un carbonero de que su mujer iba al sábado, resolvió acecharla, y una noche que fingía dormir levantóse ella, frotóse con una droga y desapareció. El car­bonero, que lo había visto, hizo otro tanto y fue inmediatamente trasportado por la chime­nea al subterráneo de un conde, hombre de consideración en el país, donde encontró a su mujer reunida con todos los demás brujos, para una sesión secreta. Habiéndole ella vis­to hizo una seña y al momento todo voló, que­dando solo en el subterráneo el carbonero, que al verse preso por ladrón, confesó cuanto había pasado y lo que había visto en aquel subterráneo.
Encontrándose un labriego en una reunión de brujos, le dieron de beber, pero él lanzó el licor y huyó llevándose el vaso que era de un materia y color desconocidos, cuyo vaso fue entregado a Enrique el Viejo, rey de In­glaterra, si creemos el cuento. Empero, a pe­sar de su valor y extrañeza, el vaso habrá sin duda vuelto a su primitivo dueño.
También un leñador alemán oyó, pasando una noche por un bosque, el ruido de la dan­za del sábado; tuvo atrevimiento para acer­carse y todo desapareció, pero pudo tomar unas copas de plata que trajo al magistrado, quien mandó prender y ahorcar aquellos cu­yos nombres llevaban las copas.
Un brujo llevó a su vecino al sábado, pro­metiéndole que sería el hombre más feliz del mundo. Llevóle muy lejos, donde había una numerosa reunión en cuyo centro descollaba un gran chivo cuyo trasero iban a besar. El aprendiz de brujo, a quien no gustaba esta ceremonia, llamó a Dios en su auxilio, y al momento vio un horroroso torbellino: todo de­sapareció, quedó solo y tuvo que andar tres años para regresar a su país.
El sábado tiene lugar, dicen los cabalistas, cuando los sabios reúnen a los gnomos, para obligarles a casarse con las hijas de los hom­bres. El gran Orfeo fue el primero que evocó estos pueblos subterráneos. A su primera amo­nestación, Sabasio, el gnomo más antiguo, se inmortalizó aliándose con una mujer. De Sa­basio, pues, ha tomado su nombre esta reunión, sobre la que se han dicho mil cuentos imper­tinentes y que los sabios no convocan sino para mayor gloria del soberano ser. Los demonó-manos suponen también que Orfeo fundó el sábado, y que los primeros brujos que se re­unieron se llamaban Orfeotolestes;pero el verdadero manantial de estos cuentos imper­tinentes que se refieren del sábado, procede de las bacanales, en que se invocaba a Baco, exclamando: ¡Saboé!