DANZA DE MUERTOS

DANZA DE MUERTOS El origen de las danzas de muertos que son objeto de tantas pinturas en Suiza, data de la edad media, y se ha creído en ellas largo tiempo. Al principio veíanse frecuentemente durante los días de carnaval, máscaras que representaban a la muerte; tenían privilegio para danzar con to­dos cuantos hallaban tomándolos de la mano, y el espanto de las personas a quienes forza­ban a bailar con ellas, divirtía en gran manera al público. Bien pronto estas, máscaras conci­bieron la idea de ir a ejecutar en los cemente­rios sus danzas en honor de los difuntos. Los curas recomendaban esta ridicula romería co­mo a muy propia para producir útiles y saludables reflexiones, y se ha visto a los mismos sacerdotes representar sin ningún escrúpulo el personaje de la muerte. Estas danzas así san­tificadas, se hicieron un ejercicio de devoción; iban acompañadas siempre de piadosas senten­cias, y entonces tomaron el nombre de danzas infernales, y muy luego se hicieron pinturas de ellas, las cuales fueron veneradas por el pueblo con respetuosa humildad. Algunos sa­cerdotes imaginaron que haciendo el voto de mandar pintar un cuadro que representase una danza de muertos, se podría librar de los azotes más terribles. Creyóse ciegamente en este absurdo, y poco se tardó en recurrir a este medio, en las pestes tan frecuentes en aquellos tiempos.

La famosa danza de muertos conocida bajo el nombre de Holbein, fue ejecutada en Bale, en 1435, por orden del concilio reunido en es­ta cuidad. Mandola hacer con ocasión de la peste que asolaba entonces el país: lo cual no impidió que muchos padres del mismo con­cilio dejasen de ser víctimas. Esta pintura he­cha en las paredes de un cementerio, se veía aun en Bale pocos años después, y los aficio­nados a las artes no dejaban de ir a verla. El nombre del célebre pintor Balois, que fue artista sin haber tenido nunca maestro, dio una gran reputación a este cuadro, sin em­bargo de no ser de él, pues que nació este en 1458, sesenta años después de su ejecución.
Desde entonces las danzas infernales se multiplicaron hasta el infinito; y los más há­biles artistas fueron empleados en pintarlas en los vestíbulos de los conventos y en las paredes de los cementerios.
Estos cuadros que costaban muy caros, atraían un enjambre de curiosos que pagaban los gastos por medio de las ofrendas que de­positaban en una caja colocada en la puerta. Todos estos dones voluntarios, hechos muy abundantes, fueron destinados a hacer decir misas para el reposo de las almas del purgatorio. Los frailes y monjas alababan la ca­ridad de los fieles; y para animarles a ella, Oliverio Maillard famoso predicador del siglo XVI , decía en uno de sus sermones: “Las almas del purgatorio oyen el sonido del dinero que vosotros dais para ellas, cuando él caer en el azafate hace tin, tin, tin, y entonen se ponen a reir haciendo “ja, ja, ja, ji, ji, ji y redoblábanse las limosnas para poner a las almas de buen humor.