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Del Museo de los Suplicios, El agua como instrumento de tortura.


El agua como instrumento de tortura
El empleo del elemento acuatico con fines punitivos reviste tres aspectos diferentes, segun que la victima sea sumergida en el agua, rociada con agua helada u obligada a ingerir el liquido.
Suplicio brutal y rapido, el ahogamiento al igual que el despenamiento, se ha praeticado sde siempre en las ejecuciones en masa. Durante el saqueo de Dinant, el conde de Charolais ordeno ahogar a unas ochocientas personas que se habian manifestado en contra de la Casa de Borgoña. En 1905, los soldados rusos ahogaron innumerables chinos, arrojandolos al rio Amur Klos por las coletas. Carrier, un Sade en accion a quien se atribuyen diez mil vfctimas. se limito a repetir el genocidio ordenado por los soberanos de Egipto cuando, a fin de reducir al prolifico y molesto pueblo israelita, que no hacia mas que multiplicarse pese a las persecuciones el faraon ordeno arrojar al Nilo a todos los recien nacidos varones. (Exodo, I, 22). Los judios. por su parte, tambien practicaban el ahogamiento.
El propio Jesus alude a el en este celebre pasaje del evangelio de san Mateo (XVIII 6)- «Y que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, mas le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar.»
Los sirio tambien colgaban una muela al cuello de los condenados, mientras que los ger­manos, y las tribus asimiladas, los hundían en el lodo de las ciénagas. «Mientras los traidores y los tránsfugas —dice Tácito— eran colgados de un árbol, los cobardes, los ruines y las prostitutas son arrojados al lodo de los cenagales, pero cu­biertos con una arpillera. Mediante esta diversi­ficación en los suplicios, parecen querer demos­trar que los crímenes han de expiarse a la luz del día, en tanto que las infamias deben ser sepulta­das» (Costumbres de los germanos, XII). La fa­mosa cabeza de hombre descubierta en Tollund, Jutlandia, confirma la veracidad de las fuentes de este historiador.
Encontramos casos de ahogamiento en Siracusa (Diodoro, XIV, 112); en París, donde en 1441 fueron arrojados al Sena prisioneros ingle­ses; y en Nimes, donde el día de san Miguel del año 1567 los protestantes precipitaron a ciento cincuenta católicos a un pozo. Esta matanza re­sulta insignificante comparada con los ahogamientos de Nantes ordenados por el Comité de salvacion publica. En octubre de 1793, Carrier transformo el Loria en un “torrente republicano y una tumba movediza para los aristocratas.
Conducían a estos últimos al centro del río en embarcaciones parecidas a la que Nerón reservó un día para su madre. Entonces tenía lugar el «matrimonio republicano», las bodas sangrientas a las que nadie escapaba: hombres armados con picas y garfios se afanaban en empujar a los in­fortunados al lecho del río. Hay que aclarar, en favor de Carrier, que la guerra civil había alcan­zado proporciones atroces, y que había recibido la orden de exterminara los prisioneros vcndea-nos sin juicio previo. Pese a ello, no deja de ser un monstruo de intolerancia y lujuria. Un mons­truo que contó con muchos cómplices, pues las hazañas de su Compañía Marat, con «baños» y «deportaciones verticales» de cincuenta o cien personas a la vez, eran calurosamente aplaudidas en la Convención. También mutilaban a los pri­sioneros y, como en los tiempos de las guerras de de religion, los hombres de Carrier, héroe sádico, envió en más de una oca­sión al suplicio a las mujeres públicas de las que acababa de gozar. Su defensa, que es la misma de todos los torturadores, merece ser citada por su lógica y su virulencia:
«Si merezco comparecer ante la justicia, los miembros de la Convención, que aún subsisten, en lugar de acusarme, deben comparecer con­migo, porque todos han aplaudido públicamen­te mis actos y, a mi regreso, me han acogido fra­ternalmente, me han felicitado y trie han estrechado la mano. Durante mi misión, publicaron el decreto que ordenaba a los generales repu­blicanos pasar por las armas a todos los vendeanos que cayeran en sus manos e incendiar las casas de los colonos infernales. Si soy un crimi­nal, mis colegas son los que me han empujado al crimen, y si mi cabeza rueda, las suyas deben rodar con la mia, porque si se trata de buscar culpabilidad, todos aqui, en la convencion, es culpable, hasta la campanilla del presidente.
El rociamiento sólo tiene interés en los países fríos. El suplicio consiste en dejar que el líquido se enfríe sobre el cuerpo de la víctima, que en la mayoría de los casos perece. Se ha practicado este castigo en Afganistán, en Persia y en Sibe­ria. La terrible condesa Bathory se lo inpuso a sus esclavas, y algunos prisioneros italianos lo sufrieron en la Unión Soviética. Por otri parte, por el martirologio romano y el testimonio de san Basilio sabemos que cuarenta soldados de con­fesión cristiana fueron arrojados a un estanque, del que se les sacó helados para, a continuación, quebrarles los miembros.
Por último, la ingestión de agua, conocida co­rrientemente como «interrogatorio con agua», se practicó en casi todas partes antes de la Re­volución de 1789. Con las extremidades atadas a los ángulos de una mesa, la víctima era obligada a ingurgitar considerables cantidades de líqui­do: seis litros en el «caballete pequeño» y doce en el grande. La marquesa de Brinvilliers, pe­queño y encantador monstruo, tuvo que sufrir este suplicio, y le pareció tan espantoso como la hoguera.
Una variante de este método es la de impedir la micción. Al emperador Tiberio, escribe Suetonio «se le ocurrió, entre otras invenciones atro­ces, hacer beber a sus invitados, insistiendo pér­fidamente, grandes cantidades de vino; acto se­guido, ordenaba que les ataran la verga para que sufrieran, a la vez, el dolor de las ligaduras y la ardiente necesidad de orinar» (Tiberio, LXII).
Es evidente que amén de ligar el pene se pue­de taponar el ano. En la Persia aqueménida se atiborraba de comida a la víctima, que se pudría entre la gusanera originada por sus propios ex­crementos.