Del Museo de los Suplicios, El empalamiento

El empalamiento
En las antípodas de la cabeza, el empalamiento afecta una parte determinada del cuerpo que se considera vergonzante. Si la decapitación impresiona, el palo hace sonreír, pues no se ve de él más que su aspecto agradable. Voltaire, en quien otros suplicios suscitaban la más viva irritación, lo ensalzaba. Y su opinión es ampliamente compartida, gracias a los cuentos obscenos y las historias escabrosas. Muchas personas piensan que el empalamiento no debe desagradar en absoluto a los sodomitas, cuya perversidad les lleva a utilizar rábanos o mangos de escoba. El Gran Diccionario (tomo XII, p. 45) dice:
«El suplicio del palo o empalamiento, uno de los más horribles que la crueldad humana haya inventado, consiste en atravesar al condenado con un palo de madera, cuya punta se hace penetrar por la base. Para empalar, se tumba a la víctima en el suelo, boca abajo, con las piernas atadas de modo que queden separadas y las manos sujetas a la espalda. Para impedir cualquier movimiento que pueda molestar al verdugo en el cumplimiento de sus funciones, se le colocan unos arneses de asno, sobre los que se sienta uno de los ayudantes. Tras haber untado los conductos con grasa, el verdugo empuña el palo con ambas manos, lo hunde tan profundamente como puede y, con ayuda de un mazo, lo hace penetrar unos cincuenta o sesenta centímetros. A continuación, se clava el palo en el suelo y la víctima es abandonada a sí misma. Sin tener donde asirse, el desdichado es arrastrado sin cesar por el peso de su propio cuerpo, de modo que el palo penetra cada vez más, hasta que acaba por asomar por la axila, el pecho o el vientre. La muerte tarda en poner fin a los sufrimientos del torturado. Algunos vivieron hasta tres días en esta posición; la rapidez en morir varía, según la constitución del individuo y, sobre todo, la dirección en que se haya introducida el palo. Este hecho tiene una explicación muy sencilla. En efecto, debido a una crueldad espantosamente refinada, se procura que la punta del palo no esté afilada, sino que sea más bien roma, pues de no ser así, al atravesar todos los órganos que encuentra a su paso provocaría una muerte rápida; en cambio, al ser redonda, en lugar de atravesar los órganos los empuja y desplaza, y penetra sólo en los tejidos blandos. De este modo, como los órganos vitales resultan poco lesionados, es posible mantener a la víctima con vida por cierto tiempo, a pesar de los horribles dolores que produce la compresión de los nervios. La dirección que se da al palo también influye en gran medida en la duración del suplicio, ya que es evidente que si, en lugar de clavarlo en el sentido del eje del cuerpo, penetra en dirección ligeramente oblicua, en vez de salir por el pecho o la axila no hará más que atravesar el abdomen; además, si no penetra en la cavidad torácica no puede lesionar los órganos vitales, y la existencia puede entonces prolongarse por mucho más tiempo que en caso contrario.»
El origen del palo es indiscutiblemente oriental. Para aterrorizar al enemigo al que asediaban, los asirios solían empalar a los prisioneros por el centro del cuerpo, justo por debajo del esternón. El palo se presentaba entonces como un largo poste que se veía desde lejos, tal como más adelante se verían las cruces de cartaginenses y romanos. Todos esos pueblos practicaban la táctica del terror para sembrar el pánico entre la población civil; táctica que luego sería utilizada en las matanzas de prisioneros.
El empalamiento podía obedecer a otros móviles, como, por ejemplo, una interpretación errónea de los sueños, que hizo merecedores de este tipo de muerte a los magos culpables de haber permitido a Ciro que partiera de la corte de Astiages (Herodoto, I, 128); la traición, por la que fue castigado el rey de Libia, Inaros (Tucídides, I, 90); o la venganza, que motivó los suplicios infligidos a Leónidas, a Eduardo II de Inglaterra y al asesino de Kléber.
Tras la batalla de las Termópilas, Jerjes ordenó que le cortasen la cabeza a Leónidas y empalaran su cadáver. Según Herodoto (VII, 238), Leónidas fue, en vida, el hombre que más suscitó la cólera de Jerjes, y «de no haber sido por ello, éste jamás hubiera hecho que su cadáver sufriera semejantes ultrajes sacrílegos, pues, que yo sepa, no hay hombres que superen a los persas en el respeto tradicional a la virtud guerrera». Pausanias, vencedor en Platea, se negó a infligir el mismo ultraje al cadáver de Mardonio, sólo para no actuar como los bárbaros (Herodoto, IX, 78).
El pobre Eduardo II, que tuvo la desgracia de casarse con una mujer enérgica sin dejar por ello de frecuentar la compañía de bellos muchachos, fue empalado vivo. Como resistía los ultrajes y se negaba a suicidarse, sus asesinos lo atravesaron con un cuerno que contenía una barra incandescente. «Lo afeitaron con agua fría —escribe Michelet — y lo coronaron con heno; por último, como se obstinaba en vivir, le echaron encima una pesada puerta y presionaron con fuerza sobre ella; luego, lo empalaron con un hierro al rojo metido, dicen, en el interior de un asta, para matarlo sin dejar rastro. El cadáver fue expuesto a la vista del pueblo; se le entregó con honores y se celebró una misa en su honor. No se veían las huellas de ninguna herida, pero los gritos se habían oído, y el rictus del rostro denunciaba la horrible invención de los asesinos.»
El tío del rey de Iraq, cuyos gustos eran similares a los de Eduardo II de Inglaterra, fue castigado también «por do más pecado había» en 1958.

John Maltravers, que dirigió la ejecución de Eduardo, aplicó a éste una variante del suplicio empleado en China, donde colocaban la barra al rojo en un estuche de bambú. ¿Usaban quizá los orientales el bambú para crear cierta ilusión en la víctima?
No se tuvieron tantas delicadezas con el sirio Solimán, ejecutado en El Cairo en 1800, tras el asesinato de Kléber. El Consejo de Guerra francés lo condenó a que le quemaran la mano y a morir empalado. El verdugo Barthélémy, que hubo de estudiar la mejor manera de proceder, «tumbó a Solimán boca abajo, se sacó un cuchillo del bolsillo, le hizo una amplia incisión en el ano, acercó el extremo del palo y lo hundió a mazazos. Luego, ató los brazos y las piernas del reo, levantó el palo y lo introdujo en un agujero previamente preparado. Hasta aquel momento, Solimán no había dicho ni una palabra. Entonces, dirigiendo su mirada a la multitud, comenzó a pronunciar en voz alta la fórmula musulmana: “¡No hay más Dios que Alá, y Mahoma su profeta!”. Recitó unos versículos del Corán y pidió que le dieran algo de beber. Un soldado, que permanecía al pie del palo, se dispuso a darle agua. “Guárdate mucho de hacerlo —le dijo Barthélémy, reteniéndolo — , moriría en seguida.” Solimán vivió aún cuatro horas, y tal vez habría vivido más si, después de irse Barthélémy, el soldado, movido por la compasión, no le hubiera dado de beber. A los pocos momentos, expiró». (Relato de Claude Desprez.)

Turcos, persas y siameses aplicaron este suplicio casi siempre de este modo. En Argel, en cambio, los dey hacían colgar a los condenados de unos ganchos clavados en los muros de sus palacios. A falta de murallas, los colonos británicos erigían horcas provistas de ganchos en los que colgaban a los esclavos rebeldes. Por su crueldad, este castigo recuerda mucho al famoso «barco» de los persas de la antigüedad:
«El hombre al que se tortura es colgado por la axila o por el hueso del pecho a un gancho clavado en una horca. Está prohibido, y se castiga con duras penas, procurarle ningún tipo de alivio. Durante el día permanece expuesto, bajo un cielo sin nubes, a los rayos candenes de un sol casi vertical; y por la noche, al frío y la humedad propios de este clima. La piel desgarrada atrae a enjambres de insectos que acuden para alimentarse con su sangre, y el desdichado expira lentamente, atormentado por el hambre y la sed… Estos infortunados africanos tienen una constitución tan robusta, que algunos soportan diez o doce días esos horribles tormentos antes de que la muerte acabe con ellos… Si se necesita semejante código, las colonias son la vergüenza y el azote de la humanidad; si no se necesita, supone la vergüenza de los propios colonos» (Bentham, Théorie des peines et des récompenses, 2.a ed., 1818, tomo 1, p. 281
Los rusos eran menos crueles, pues, hasta finales del siglo XVII, aproximadamente, en vez de dirigir el palo hacia la axila, atravesaban al condenado desde el ano hacia el corazón, con lo cual la muerte sobrevenía con mayor rapidez.

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