Del Museo de los Suplicios, LA DECAPITACION

Al contrario de lo que sucede con los castigos precedentes, la decapitacion se ha considerado siempre como un suplicio elegante, al menos en-nuestro entorno. El hacha estaba reservada a los nobles y los aristócratas: a los hijos de Bruto, a san Pablo en su calidad de ciudadano romano, a Ana Bolena, a Carlos I, al conde de Egmont, a Cinq-Mars y a Thou. Es un instrumento que resulta bastante difícil de manejar, pues requiere rapidez visual y unos brazos tan hábiles como fuertes. En el curso de la Historia abundan las ejercuciones frustradas debido a la deficiencia física de los verdugos y a su repugnancia a cortar determinadas cabezas. El mariscal de Biron, que conspiraba con Saboya y España, en ningún momento creyó (ni aun estando en el cadalso) que el rey quisiera su muerte. El verdugo tuvo que decapitarlo por sorpresa, tras haberle asegurado que no lo haría antes de que acabara su plegaria.
«Si el verdugo no hubiese utilizado ese ardid, aquel miserable e irresoluto hombre se habría incorporado de nuevo; de hecho, la espada le seccionó dos dedos al levantar él la mano para aflojarse la venda de los ojos por tercera vez. La cabeza cayó al suelo, de donde fue recogida para ser envuelta en un sudario blanco junto con el cuerpo, que aquella misma noche fue enterrado en Saint-Paul» (L’Estoile, Journal, año 1602).
Cuarenta años más tarde ejecutaron a CinqMars por las mismas razones; él también estaba convencido de que la amistad, o más bien el amor, que le profesaba Luis XIII lo salvaría del cadalso. Un testigo ocular escribe:
«El señor de Cinq-Mars, sin venda en los ojos, colocó cuidadosamente el cuello sobre el tajo; dirigió el rostro hacia la parte anterior del cadalso, asió fuertemente el tajo con, ambos brazos, cerró los ojos y la boca y se dispuso a esperar el golpe, que el verdugo le asestó lenta y pausadamente… Al recibir el golpe, profirió en voz alta una exclamación que quedó ahogada por su propia sangre; alzó las rodillas como si quisiera levantarse y volvió a caer. Como la cabeza no había quedado totalmente separada del cuerpo, el verdugo pasó por detrás a la derecha del condenado, tomó la la cabeza por los cabellos con la mano derecha y sesgó con su cuchilla la parte de la tráquea y de la piel del cuello que no estaban cortadas; después arrojó sobre el cadalso la cabeza, que desde allí saltó al suelo, donde observamos que dio media vuelta y siguió palpitando durante cierto tiempo.»
En la antigua China, la decapitación presentaba un aspecto diferente. La ejecución se efectuaba de pie, y no de rodillas ante el tajo y los ayudantes del verdugo, y se decapitaba a los personajes influyentes, los altos magistrados y todos los que habían tenido el honor de inclinarse ante la sagrada persona del emperador. Este procedimiento resultaba tan eficaz como impresionante: baste pensar en la cabeza girando por los aires y en los borbotones de sangre brotando del cuello. En algunos países de Oriente continúa practicándose este método. En marzo de 1962, dos hombres que habían intentado asesinar al rey de Yemen fueron ejecutados así en la gran plaza de Taez.
El advenimiento al trono de los reyes de Dahomey iba acompañado de ceremonias monstruosas, entre las cuales la decapitación desempeñaba un papel importante e incluso preponderante. Un tal Euschard, comerciante invitado a la coronación de Behanzin, nos dejó este palpitante relato de las principales ceremonias:
«Me hicieron subir a una alta plataforma, ante la cual se alineaban dos hileras de cabezas humanas: ¡todo el suelo del mercado estaba bañado en sangre! Aquellas cabezas eran las de cautivos con los que habían practicado el arte infernal de la tortura… ¡Pero eso no era todo! Trajeron veinticuatro cestos; en cada uno de ellos había un hombre al que sólo se le veía la cabeza. Los alinearon por unos momentos ante el rey y, a continuación, los arrojaron uno tras otro, desde lo alto de la plataforma, a la plaza, donde la multitud, cantando, bailando y vociferando, se los disputaba, al igual que en otros lugares los niños se pelean por coger las golosinas de los bautizos. Todos los que tenían la suerte de atrapar a una víctima y cortarle la cabeza podían ir a cambiar su trofeo por una ristra de cauris que entregaban como prima. Por último, se celebró un desfile militar en el que participó todo el ejército, compuesto por cincuenta mil combatientes, diez mil de los cuales eran amazonas. Una vez finalizado el desfile, fueron martirizados tres grupos de cautivos, a los que les cortaron poco a poco la cabeza con cuchillos sin afilar para alargar el suplicio. De todos los espectáculos, ninguno tan espantoso como éste.»

La «humanidad» de la guillotina
Lo que incitó al doctor Guillotin a solicitar la supresión de la decapitación, no fue la práctica de semejantes horrores, sino un deseo de igualdad republicana. La idea en sí de la abolición de la pena capital ni se la planteaba este filántropo, que simplemente deseaba situar al mismo nivel el infamante colgamiento de los plebeyos y la decapitación de los gentileshombres. En Actes des Apótres, diario monárquico, se publicó:

Guillotin, médico, político, ¡una hermosa mañana imagina
que colgar es inhumano
y poco patriótico! Necesita
un suplicio
que, sin cuerda ni poste, despoje al verdugo
de su oficio.

El duque de Liancourt hizo que la Asamblea Constituyente votara la proposición de instaurar ese suplicio único al que el nombre del médico continúa vinculado. Guillotin afirmaba que con su máquina se podía hacer saltar la cabeza de un hombre en un abrir y cerrar de ojos y sin infligirle ningún sufrimiento. Y ensalazaba las ventajas de este sistema aduciendo unos argumentos que, a grandes rasgos, se puden resumir así:
—delitos iguales son castigados con una pena igual, sean cuales fueren el rango y la situación del culpable;
—el suplicio no varía jamás;
—como el crimen es personal, la familia del que padece el suplicio no es perseguida;
—nadie tiene derecho a reprochar a otro el suplicio sufrido por algún pariente;
—no se lleva a cabo confiscación de bienes;
—el cuerpo de la víctima podrá ser devuelto a la familia.
Cierto que la guillotina, en la que se debería haber pensado antes, señala un enorme progreso en comparación con la gama de suplicios aplicados con anterioridad. Sin embargo, por desgracia, se hizo un uso excesivo de ella durante la época del Terror. Desde que existe, esta curiosa máquina ha fascinado a los criminales. ¿Será la visión de la sangre lo que les atrae? ¿O quizá el brillo de la cuchilla? Lo cierto es que numerosos émulos de Lacenaire, sobre el que la cuchilla se abatió a indecisas sacudidas, han deseado dormir con la Viuda:

Te saludo, mi bella prometida,
a ti, que muy pronto debes estrecharme entre
[tus brazos! ¡A ti dedico mi último pensamiento,
pues contigo estuve desde la cuna!
¡Yo te saludo, oh, guillotina, expiación

último artículo de la ley,
que sustrae el hombre al hombre y lo
[devuelve, limpio de crimen, al seno de la nada, mi esperanza y mi fe!