Del Museo de los suplicios, La flagelacion

La flagelación
Según la intensidad con que se aplique y la finalidad que se le asigne, la flagelación se sitúa en esferas muy diferentes. Administrada con suavidad, castiga las travesuras de chiquillos y colegiales o las extravagancias de mujeres díscolas; si es violenta, constituye un aderezo del suplicio e incluso un suplicio en sí misma capaz de provocar la muerte. En sil Flagellum salutis, publicado en Frankfurt en 1698, el médico Paullini la . recomienda contra la melancolía, la rabia, la parálisis, los dolores de ojos, oídos y muelas, el bocio y el aborto. Constituye una auténtica panacea, que en Inglaterra se administra el domingo a las mujeres que se embriagan, y en Francia, a los locos y los sifilíticos. «Los que se encuentren en el hospital afectados de enfermedad venérea, o los que sean internados por dicho motivo — estipula una Ordenanza de 1679— , únicamente serán atendidos a condición de que hagan propósito de enmienda, ante todo, y de que sean azotados; lo cual constará en sus certificados. Esto, por supuesto, afecta a quienes hayan contraído la enfermedad en razón de sus desórdenes y excesos y no a los que hayan sufrido contagio, como, por ejemplo, una mujer por culpa de su marido o una nodriza a través de un niño.» Las obras dedicadas a la flagelación son innumerables y sus implicaciones eróticas, religiosas y disciplinarias la hacen universal. Ninguna raza ha escapado a la tentación del látigo y, por extensión, la del apaleamiento. Los templos, las tumbas y la mayoría de las obras artísticas de la Antigüedad fueron posibles gracias a estos métodos. Los romanos distinguían tres variedades de látigos:
— la ferula, que era una simple tira de cuero con la que se castigaban las faltas veniales;
— la scutica, formada por dos tiras de pergamino entrelazadas, que causaba un sufrimiento prolongado;
— el flagellum, similar al látigo utilizado con los animales.
En una obra fundamental sobre la materia, el padre Boileau declara: «Ser azotado con la ferula de los romanos, confeccionada con correas de piel de buey, no era un gran suplicio». La scutica, formada por un conjunto de láminas de pergamino retorcidas, era semejante a los látigos de nuestros maestros de escuela. El flagellum era de cuero, y se parecía a los látigos que utilizan los postillones. En Roma había también látigos de cuerdecillas de España anudadas; Horacio se refieie a ellas en sus Odas, dirigidas a Menas (Libro V, Oda IV, V. 3): «Tú, que llevas en la espalda las cicatrices de las cuerdecillas de España».
Algunos pueblos añadían complementos dolorosos a los látigos, que les parecían demasiado suaves. Para imponer el terror, Roboam, rey de Judá, exclamaba: «Mi padre os fustigó con azotes, y yó os azotaré con escorpiones» (I. Reyes, XII, 14). El nombre de escorpiones obedecía a los pinchos de hierro y los clavos con que se completaban los látigos, y que en los tormentos chinos se convertían en anzuelos. Los rusos empleaban el «pleti» de tres tiras y el terrible knut, provisto de bolas de hierro, que se empapaba en agua helada o vinagre. El Deuteronomio (XXV, I. 3) limitaba a cuarenta el número de azotes dados con un látigo capaz de rodear el cuerpo, pero el knut era mortal. Conspiradores y regicidas no resistían la aplicación de los ciento un latigazos fatídicos. Los azotes con el vergajo no eran mucho mejores, dice Dostoievski; la muerte podía sobrevenir al cabo de tres días de fiebre, migrañas y espantosas quemazones. Quinientos vergajazos, aplicados en una sola sesión, se consideraban un castigo menor, pero el flagelado acababa destrozado, titubeante, con los ojos desorbitados y la piel a tiras.
Ornamento de las ejecuciones capitales, la flagelación se convertía en suplicio absoluto cuando constituía un castigo para determinadas faltas (adulterio, vagabundeo) o cuando afectaba a determinadas categorías sociales (esclavos, marinos). Conocemos la frecuencia con que el látigo fue aplicado antaño y la morbosa voluptuosidad que las damas romanas experimentaban al ver las terribles marcas que dejaba el cuero en la piel de inferiores indefensos. A veces se producían revueltas que eran rápidamente sofocadas en un baño de sangre: Espartaco; los indios de México y Toussaint-Louverture son conocidos por todos. Pero el cáncer, indispensable según algunos historiadores a causa de la coyuntura económica y de la ausencia de máquinas, no desaparecía. Sus argumentos, parcialmente defendibles, no justifican ni la explotación del hombre por el hombre ni las infamias del más vil sadismo.
En tanto que pena aflictiva, la flagelación de las adúlteras tuvo gran éxito en los países europeos, y en Rusia persistió hasta finales del siglo mx. En general, los maridos procedían por sí mismos a aplicar la penitencia, y la muchedumbre se deleitaba contemplando a las mujeres en cueros. «Con el pelo cortado, desnuda y en presencia de sus allegados, la culpable era expulsada de casa por su marido, quien la conduce a latigazos a través de la aldea», escribe Tácito (Costumbres de los germanos, XIX).
Idénticas costumbres existían en la Europa medieval y en Inglaterra, donde hasta 1820 no se dicta un auto que prohiba la flagelación de mujeres en público. A falta de este espectáculo, el buen pueblo podía gozar contemplando la flagelación de mendigos, sediciosos, borrachos y vagabundos, quienes, en virtud de la Whipping Act de 1530, debían ser azotados en las plazas de los mercados urbanos hasta que su cuerpo, atado a una carretilla, estuviera ensangrentado.
En Francia, el látigo no se abandonó jamás: el teatro de Moliére, la educación de los reyes y las costumbres campesinas así lo demuestran. En 1793, el patriotismo metió las narices bajo las faldas de Théroigne de Méricourt y, en 1815, bajo las de las protestantes de Nimes, azotadas en público y golpeadas por los «azotadores reales». Cuando los prusianos entraron en París el 1 de marzo de 1871, escribe Henri Rochefort, no hubo incidentes: «Lo único que turbó la calma fue al arresto y la fustigación por los parisienses de tres puercas que en los Campos Elíseos acogieron a los soldados enemigos y empezaron a darles afectuosos besos. La multitud se abalanzó sobre ellas, las dejó prácticamente desnudas y, tras propinarles una brutal paliza, las cubrieron de escupitajos, injurias, abucheos e incluso violentos puñetazos» (Aventures de ma vie).
Como hemos dicho, dos categoría sociales estuvieron particularmente expuestas al látigo: los esclavos y los marinos.
El Manual teórico y práctico de la flagelación de las mujeres esclavas, cuya redacción se atribuye a un español, afincado en Cuba hacia finales del siglo xviii y propietario de una plantación, ensalza constantemente las ventajas del látigo. Todas las razones materiales, religiosas y sexuales justifican su uso a los ojos del autor, quien apela al testimonio de la Divina Providencia. Para castigar a las negras indolentes, parlanchinas y vanidosas. Dios, en su infinita Sabiduría, dispuso que tuvieran un buen trasero. Por otra parte, existe toda una gradación de instrumentos adecuados para la flagelación. La mano, los vergajos flexibles y las disciplinas resultan excelentes para las jóvenes; a las adultas hay que golpearlas con palos, palmetas, látigos, fustas, correas y cuerdas:
«De aplicación bastante rara, aunque en todo caso recomendable, es el método de frotar con un cepillo duro o un guante de crin las zonas que se van a flagelar. Este procedimiento puede parecer pueril, pero el terror de los esclavos que han sido sometidos a él demuestra que no es desdeñable. La fricción congestiona los nervios subcutáneos y acentúa al máximo el efecto de los azotes ulteriores . A ello hay que añadir que el guante de crin permite al ejecutor atentar violentamente contra el pudor de las muchachas azotadas, y la vergüenza que éstas experimentan puede convertirse en un poderoso complemento del castigo. Otro método similar, aunque con frecuencia demasiado entretenido para quien impone el correctivo, es pinchar a la fustigada con espinas o con un pequeño pincho metálico, por ejemplo, un clavo. Se trata, por supuesto, de pinchar la epidermis lo justo para excitar la sensibilidad y preparar el terreno a la acción de los elementos flagelantes. No hay que insistir en lo muo que se puede hacer sufrir, física o moralmente, a una mujer o una muchacha atada al potro, con las nalgas desnudas y a disposición de los divertidos verdugos.
»Por último, destacaré la aplicación de plantas urticantes en las zonas fustigadas. Este método se utiliza, sobre todo, después de haber azotado a la mujer, y es uno de los que prefieren las negras encargadas de castigar a las muchachas. La integridad de la piel no corre peligro, a pesar de que el escozor es muy intenso y de que la afectada da grandes saltos intentando librarse de las ataduras. También me he complacido haciendo frotar con ortigas el trasero de las muchachas a las que quería honrar con mis favores, sin perjuicio de la aplicación previa del látigo.»
Cabe poner en duda la autenticidad del Manual, pero lo cierto es que refleja a la perfección los usos de la época. A mediados del siglo XlX se continuaba flagelando a los esclavos y Ludlow relata que, en 1863, una pobre negra, por haber dejado que se estropeara un pastel, fue atada al suelo y azotada, tras lo cual su amo vertió lacre ardiendo en las heridas. Esta horrible escena tuvo lugar en Carolina del Sur, donde se produjeron muchos otros espantos similares.
La suerte de los condenados ingleses (los «convictos») no era mucho mejor que la de los esclavos. Los galeotes morían a fuerza de latigazos que reavivaban sus heridas, en las que se incrustaba sal. A falta de remeros a los que martirizar, los capitanes de barco que descargaban mercancías en Australia se complacían en hacer azotar con cuerdas a los convictos y les obligaban luego a sumergirse en el agua salada (cf. Adventures of an Outlaw, de Rasleigh).

No sólo los delincuentes recibían este trato. El baqueteo infligido en las nalgas, en presencia de toda la tripulación, fue tradicional en la Marina alemana. En los barcos ingleses se repartían latigazos por cualquier insignificancia. La aplicación del látigo constituía el pasatiempo predilecto de sádicos oficiales a juzgar por este relato de James Stanfield, obligado a embarcar en el siglo XVIII:
«Tuvimos la suerte de embarcar en un viejo cascarón que debía entrar en dique seco en Lisboa, y el capitán, temiendo que la tripulación desertara, no se atrevió a maltratarnos hasta que estuvimos a veinticinco grados de latitud. Pero apenas hizo su aparición el látigo, la flagelación se extendió como una epidemia. No transcurría ni una sola hora sin que se aplicara este castigo; a veces había tres hombres atados juntos.
»El único placer del capitán era causar dolor. Hacía azotar a los hombres sólo por contemplar sus contorsiones y oír sus alaridos de dolor. Ordenó azotar al auxiliar de a bordo por haberle dado un vaso de vino a un enfermo, y cuando intentó disculparse, el capitán lo hizo azotar de nuevo por haber presentado excusas. A otro miembro de la tripulación le arrancó un trozo de oreja y le atravesó la mejilla con el dedo. Murió alcoholizado, y tuvo que venir otro capitán de Inglaterra.
»El nuevo capitán estaba tan enfermo que tenían que transportarlo por todo el barco, pero se divertía arañando los rostros con sus largas uñas o con un cuchillo reservado para este uso. Cuando se veía obligado a permanecer acostado, ordenaba que flagelaran a los hombres a los pies de su cama para poder verlos de cerca y no perderse el menor detalle de sus sufrimientos» (citado por D. P. Mannix, History of Torture, p. 145).
No todo el mundo tenía la curiosidad, o la ingenuidad, de aquel gobernador general de la isla Mauricio, que quiso experimentar la flagelación en su propio cuerpo. En su Voyage autour du monde (tomo I, p. 146), Arago nos cuenta que el gobernador hizo que cuatro robustos esclavos lo ataran y le diesen quince latigazos: «Los esclavos no tuvieron más remedio que obedecer. Con el general fuertemente atado a los pies de su cama, el látigo comenzó a actuar. Al primer golpe lanzó un grito horrible; al segundo, intentó romper las ataduras; al tercero, amenazó de muerte al vigoroso esclavo que lo azotaba (pese a que no lo había hecho con demasiada rudeza). El pobre general gemía, juraba, gritaba, decía que haría decapitar a los cuatro esclavos y que prendería fuego a la ciudad: recibió los quince azotes, ni uno más, ni uno menos, y apenas le desataron se desplomó.» Con todo, la lección surtió efecto, porque desde entonces el gobernador suprimió los cincuenta latigazos que habitualmente ordenaba.

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