Del museo de los Suplicios, La Parrilla

La parrilla
La parrilla, que es un sistema refinado de asar al prójimo, fue utilizada en gran escala en México y las islas Samoa con finalidades antropofágicas. Con este suplicio, los espectadores obtenían el doble placer de saciar su mirada, con la visión de los dolores, y su estómago, con la carne de los prisioneros. Por su parte, los españoles aplicaron con tanta frecuencia las costumbres mexicanas que acabaron por despoblar el país.
Para obligar a los ciudadanos de Egestes a que le dieran dinero, Agatocles inventó diversos suplicios, entre los cuales el de la parrilla constituía una especie de florón. Sólo lo utilizaba con personas opulentas, y Diodoro (XX, 71) nos dice que «hizo fabricar una cama de bronce en forma de cuerpo humano y provista de una reja, a la que se ataba a las víctimas; luego, se prendía fuego debajo y se las quemaba vivas. Este instrumento de suplicio sólo difería del toro de Fálaris en que los desdichados perecían ante los ojos de los espectadores. A las esposas de los ciudadanos ricos les apretaban los talones con tenazas o les cortaban los pechos; a las que estaban encinta les comprimían el vientre con piedras hasta hacerlas abortar…». La víctima más ilustre de la parrilla fue san Lorenzo, de quien muchos relicarios conservan las costillas, mientras que las de los santos Conan y Teódulo han caído en el olvido:
Cuando el calor hubo asado y quemado suficientemente un lado,
dirigiéndose al juez desde lo alto
del patíbulo, el mártir dijo con voz débil y entrecortada: «Volved ahora mi cuerpo del otro lado, que éste ya está bastante quemado y no debe estropearse».

Así se expresa Prudencio en su Himno, pero tenemos motivos para pensar que san Lorenzo no sintió tanto placer en la parrilla. Como tampoco san Eleuterio cuando lo colocaron en una cama de hierro calentada al rojo blanco, o los condenados a la silla de cobre o el casco al rojo. Como en el infierno, ha habido quien ha pensado en asar a la gente al espetón: este método, muy utilizado entre los antropófagos, carece de toda lógica en el mundo civilizado. Aunque, ¿se debe buscar la lógica en materia de suplicios? El rey de Babilonia hizo asar a Sedecías y Ajab por su iniquidad (Jeremías, XXIX, 22). En las guerras de religión se aplicó mucho este suplicio, y el odio explica esa última injuria que consiste en comerse parte de las vísceras del rival detestado, como sucedió en el caso de Concini, cuyo corazón devoraron. En los primeros años de nuestro siglo, todavía los soldados búlgaros espetaban a sus prisioneros servios, o los ataban con alambres de púas antes de asarlos. En 1914, los servios aplicaron procedimientos análogos con los austrohúngaros, a los que previamente destripaban. En cambio, el uso de la sartén (de gran tamaño, por supuesto) pronto se abandonó. Sin la obra de R. P. Gallonio y los grabados de Tempesta, que ilustran abundantes sartenes, calderos, calentadores y cazuelas del más puro estilo renacentista, nos haríamos una idea falsa del instrumento empleado para torturar a los macabeos. Exhortados por una madre intransigente y fanática, que no cesaba de animar su valor, los siete hermanos murieron por negarse a obedecer las órdenes de Antíoco:


«Es muy digno de memoria lo ocurrido a siete hermanos que con su madre fueron presos y a quienes el rey quería forzar a comer carnes de puerco prohibidas y por negarse a comerlas fueron azotados con zurriagos y nervios de toro. Uno de ellos, tomando la palabra, habló así: “¿A qué preguntas? ¿Qué quieres saber de nosotros? Estamos prontos a morir antes que traspasar las patrias leyes”. Irritado el rey, ordenó poner al fuego sartenes y calderos. Cuando comenzaron a hervir, dio orden de cortar la lengua al que había hablado, y de arrancarle el cuero cabelludo, a modo de los escitas, y cortarle manos y pies a la vista de los otros hermanos y de su madre. Mutilado de todos sus miembros, mandó el rey acercarle al fuego y, vivo aún, freírle en la sartén. Mientras el vapor de ésta llegaba bastante a lo lejos, los otros, con la madre, se exhortaban a morir generosamente…» (II Macabeos, VII, 1-6).

En ese gran recipiente con aceite, azufre, pez y resina, frieron a menudo a los cristianos. A otros les sumergían la cabeza en un caldero de plomo derretido o en un bote de pez hirviente. Los cristianos jamás olvidaron estas lecciones. Su modo de actuar con los herejes y las brujas supera los límites de la decencia más simple. En 1581, por ejemplo, Clauder Caron, médico y hombre muy considerado y piadoso, tumbó con tal fuerza a una mendiga de Annonay sobre un potro, que le amputó un dedo del pie. Pero como esto no bastara para hacerla confesar:
«… al igual que los cocineros flamean el cerdo al espetón para darle color, así aquella miserable fue de tal modo flameada que, según creemos, no le quedaba más que entregar el alma, pues no se había escatimado la grasa fundida y humeante en las orejas, bajo las axilas, en su naturaleza, en el hueco del estómago, en las rodillas, en los codos, en los muslos y en las pantorrillas…».