Del Museo de los suplicios, tortura y muerte por medio de la jaula.

Las Crueles jaulas, la cual hacia las delicias de Luis Xl, quien gustaba de tener a sus prisioneros al alcance de su mano para poder mortificarlos a su antojo.

la permanencia en la jaula solía ser muy larga. Philippe de Commynes, que sufrió durante un tiempo este suplicio, afirma que su inventor, Guillaume de haracourt, estuvo 14 años en la jaula. " El Rey nuestro señor -escribe Commynes- hizo construir varias jaulas de hierro o madera  con la parte exterior cubiertas de placas metálicas y la interior de terribles herrajes, la jaula tenia unos 8 pies de ancho, y su altura era superior a la de un hombre.

La idea fue del obispo Verdum, a quien encerraron en la primera que se construyo, permaneció en ella catorce años. Muchos después , le han maldecido, y yo también, pues bajo el reinado de Carlos VIII estuve en una de ellas, ocho meses" ( memorias. Libro VI, cap.XI ).

Estas jaulas reales no tenían nada que ver con las anilladas de hierro provistas de una bala de cañón que se colocaba alrededor del tobillo. Fuera metálica o de madera, la jaula presentaba diversas variantes. Se podía obligar al condenado a permanecer en cunclillas en un espacio reducido, o acurrucado en una especie de esfera.

Sir  Leonard Skeffington, que presto servicio en la torre de Londres en los tiempos de Enrique VIII, invento una especie de torno al que se le dio el nombre deformado de Scavenger, el cual  ceñía a la víctima y la obligaba a doblar totalmente el cuerpo hasta la planta de los pies, provocandole una violenta hemorragia nasal

Se podía adornar la jaula con pinchos acerados y esposas, como en aquella barbara máquina utilizada antaño en sicilia:

" Unas bandas circulares de acero sujetaban las  diferentes partes del cuerpo, rodeando rodillas, caderas, cintura brazos y cuello. Una llantas de acero cruzaban estas bandas desde las caderas hasta el centro de la cabeza. Unas barras y placas, asimismo de acero, ceñían y sostenían las piernas y los extremos inferiores de unas espuelas se clavaban en los pies de tal modo que, en comparación, la crucifixión hubiera parecido una delicia. Cada espuela estaba provista de tres pinchos acerados que perforaban la planta de los pies de la víctima. En la banda central había unas esposas que impedía cualquier movimiento de brazos y manos. En el punto de confluencia de los círculos de acero, por encima de la cabeza, un solido gancho sujetaba todo el aparato en cuello interior se hallaba suspendida la víctima. (Once a week, 26 de mayo 1866 ).

Encerrada en tan triste jaula, la muerte por inanición ponía final sufrimiento de la víctima. A veces , una esposa ahorrativa vendía los huesos del condenado a los aficionados a los recuerdos macabros. La picola, las cadenas y las argollas no tenían un componente tan trágico . Se puede decir lo mismo de otras penas? si nos referimos a las marcas, las mutilaciones y la practica de la flagelación, evidentemente, no, puesto que estas atentan aun mas contra la integridad física del sujeto condenado.

       

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DAMA DE HIERRO