Demonios

DEMONIOS La existencia de los demonios está probada en los libros de teología. Entre los antiguos, hablábase de los pigmeos, de los esfinjes, del Fenix, etc. y nadie los había visto. Entre nosotros óyese incesantemente contar hechos y dichos del diablo, cribir sus varias formas, cacarear su desti y maña; sin embargo, no se deben todas tas aventuras sino a los sueños y desvar muy frecuentemente insípidos de algunas iginaciones ardientes. Muy limitados son nues tros conocimientos para deducir de ahí no existen demonios; pero sí diremos que mu chas cosas que de ellos se cuentan deben set consideradas como una serie de paradojas de suposiciones y de fábulas.
Los antiguos admitían tres especies de demonios, lso buenos, los malos y los neutra (1). Los primeros cristianos tan sólo recono. cían dos, los buenos y los malos. Los demo. nomanos lo han confundido todo, y para ella todo demonio es un espíritu maligno. Los teólogos de la antiguedad juzgaban de diverso modo: los dioses y aún el mismo Júpiter son llamados demonios en Homero.
El origen de los demonios es muy antiguo, pues todos los pueblos lo hacen remontar más lejos que el del mundo. Aben—Esra pretende que debe fijarse en el segundo día de la crea. ción. Menases—Ben— Israel, que ha seguido la misma opinión, añade que Dios, después de haber criado el infierno y a los demonios, los colocó en las nubes, y les dio el encargo de atormentar a los malvados (2). Sin em. bargo, el hombre no estaba creado el segun. do día; no había malvados que castigar: y los demonios no han salido tan malignos de la mano del Creador, pues son ángeles de luz convertidos en ángeles de las tinieblas por su caída.
Orígenes y algunos filósofos sostienen que los buenos y malos espíritus son más viejos que nuestro mundo, porque no es probable que Dios haya pensado de golpe, tan solo ha seis o siete mil años (3), en crearlo todo por primera vez. La Biblia no habla de la creación de los ángeles ni de los demonios, porque, dice Orígenes, eran inmortales y habían subsistido después de la ruína de los mundos que han precedido al nuestro. Apuleyo piensa que los demonios son eternos como los dioses.
(4) Manés y los que han seguido su sistema, hacen también eterno al diablo y lo miran como al principio del mal, así como a Dios por principio del bien. San Juan dice que el diablo es embustero como su padre (1). Dos medios tan solo hay para ser padre, añade Manés, la vía de la generación y la de la creación. Si Dios es el padre del diablo por la vía de la generación, el diablo será consubstancial a Dios; esta consecuencia es impia; si lo es por la de la creación, Dios es un embustero; he aquí otra infame blasfemia. El diablo no es pues obra de Dios; en este caso nadie le ha hecho, luego es eterno, etc.
Los descubrimientos de los teólogos y de los más hábiles filósofos son también a la verdad poco satisfactorios. Por esto es preciso atenerse al sentimiento general. Dios había criado nueve coros de ángeles, los Serafines, los Querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes de los cielos, las postestades, los arcángeles y los ángeles propiamente dichos. Almenos así lo han decidido los santos padres más de mil doscientos años ha. Toda esta celeste milicia era pura y jamás inducida al mal. Algunos no obstante se dejaron tentar por el espíritu de la soberbia; (2) atreviéronse a creerse tan grandes corno su Creador, y arrastraron en su crimen a los dos tercios del ejército de los ángeles (3). Satanás, el primero de los serafines y el más grande de los seres creados, se había puesto a la cabeza de los rebeldes. Desde mucho tiempo (4), gozaba en el cielo una gloria inalterable, y no reconocía otro señor que el eterno. Una loca ambición causó su pérdida; quiso reinar en una mitad del cielo y sentarse en un trono tan elevado como el del Creador. Dios envió contra él al arcángel san Miguel, con los ángeles que permanecieron en la obediencia: una terrible batalla dio-se entonces en el cielo. Satanás fue vencido y precipitado al abismo con todos los de su partido (1). Desde este momento, la hermosura de los sediciosos se desvaneció, sus semblantes se oscurecieron y arrugaron, cargáronse sus frentes de cuernos, de su trasero salió una horrible cola, armáronse sus dedos de corvas uñas (2), la deformidad y la tristeza reemplazaron en sus rostros a las gracias y a la impresión de la dicha; en fin como dicen los teólogos, sus alas de puro azul se convirtieron en alas de murciélago; porque todo espíritu bueno o malo, es precisamente alado (3).
Dios desterró a los ángeles rebeldes lejos del cielo, a un mundo que nosotros no conocemos y al que llamamos el infierno, el abismo, o el imperio de las sombras. La opinión común coloca este país en el centro de nuestro pequeño globo. San Atanasio, muchos otros padres y los más famosos rabinos dicen que los demonios habitan y llenan el aire. San Prósrero les coloca en las nieblas del mar. Swinden ha querido demostrar que tenían su morada en el sol; otros los han puesto en la luna; San Patricio les ha visto en una caverna de Irlanda: Jeremías Erejelio conserva el infierno subterráneo, y pretende que es un grande agujero, ancho de dos leguas; Bartolomé Tortoletti dice que hay casi en medio del globo terrestre, una profundidad horrible, donde jamás penetra el sol, y que esto es la boca del abismo infernal (4). Milton, al cual será preciso tal vez referirse, coloca los infiernos muy lejos del sol y de nosotros.
Sea como fuese, para consolar a los ángeles fieles y poblar de nuevo los cielos, según la expresión de san Buenaventura, Dios hizo al hombre, criatura menos perfecta pero que podía obrar bien y conocer a su creador.
Satanás y sus partidarios, enemigos en adelante de Dios y de sus obras, resolvieron perder al hombre si nada se oponía. Adán y Eva, nuestros primeros padres, empezaron a gozar de la vida en un jardín de delicias, en el cual todo les era permitido, excepto el placer de tocar un fruto prohibido. Las Sagradas Escrituras decían que este fruto pendía de un árbol. Muchos sabios, y después de ellos el abate de Villars, sostienen que esta vedada fruta era el gozo de los placeres carnales; que el hombre no debía ver a su mujer ni esta a su esposo. Animado Satanás del poder de tentar al hombre, salió de la mansión en que estaba desterrado: de donde se ha deducido muchas veces que el castigo del ángel soberbio no era tan espantoso como dicen los teólogos exagerados, y que Satanás no estaba contínuamente en el infierno. Tomó la figura de una serpiente, el animal que entre todos tiene mayor sutileza. Transformado de este modo el ángel, ahora demonio, presentose ante la mujer e incitola a desobedecer a Dios. Eva fue seducida en un instante; sucumbió e hizo sucumbir a su compañero. El espíritu maligno volviose enseguida triunfante. Nuestros primeros padres, culpables, fueron arrojados del jardín de deleites, abandonados a los sufrimientos, y condenados a muerte. De aquí proviene pues que debamos al diablo y a su genio envidioso la fatalidad de morir, lo que nos permite diri. girle una buena porción de vituperios. Ade. más, el diablo tuvo el poder de tentar a la primera mujer y al primer hombre, y a toda su desendencia para siempre, cuando él que. rrá; en caso de necesidad puede aun destacar al alcance de los humanos tantos demonios co• mo juzgue conveniente; y el hombre es la presa de los infiernos, todas las veces que cede a las sujestiones del enemigo: sabido es que el infierno, cualquiera que sea el lugar donde esté situado, es un país inflamado.
Tales fueron según los casuístas las conse• cuencias de la falta de nuestros primeros pa. dres, falta que recayó sobre todos nosotros, y que se llama el epcado original. Desde esta época, los demonios llegaron de todas partes a nuestra pobre tierra. Wierus, que las ha contado, dice que se dividen en seis mil seiscientas sesenta y seis legiones, compuesta ea-da una de seis mil seiscientos sesenta y seis ángeles tenebrosos; hace subir su número a cuarenta y cinco millones, o al menos muy cerca, y les da setenta y dos príncipes, duques, prelados, y condes. Jorge Blovek ha demos• trado la falsedad de este cálculo, haciendo ver que sin contar los demonios que no tienen empleo particular, tales como los del aire, y los guardianes de los infiernos, cada mortal tiene en la tierra el suyo. Si los hombres solos y no las hembras, gozan de este privilegio, hay en este mundo más de cuatrocientos millones de rostros humanos … y el número de los demonios sería asombroso. No debemos, siendo así, asustarnos de ver las artimañas, las guerras, el desorden, las abominaciones, esparcidas entre los mortales. Todo mal que en la tierra se obra, es inspirado por los demonios; y la historia de estas está tan ligada con la de todos los pueblos, que imposible sería escribirla aquí toda entera.
Ellos han incitado a Caín al asesinato de Abel; ellos son quien han sugerido a los hombres los crímenes que causaron el diluvio; por ellos se perdieron Sodoma y Gomorra; hiciéronse eregir altares entre todas las naciones, excepto en el pequeño pueblo judío; y aún algunas veces llegaron a recibir el incienso de Israel. Engañaron a los hombres por medio de oráculos y por mil prestigios falsos, hasta el advernimiento del Mesías. Entonces debía su poder humillarse, extinguirse; y sin embargo se les ha hallado después más poderosos que nunca: se han visto y se ven cosas no oídas jamás; las infernales legiones se muestran a los piadosos anacoretas; las tentaciones se hacen más espantosas: multiplícanse las sutilezas y artimañas del diablo; exita este las tempestades; ahoga a los impíos, duerme con las mujeres; predice el porvenir por boca de las brujas y adivinas; triunfa en medio de las hogueras… Y en estos siglos de las luces, envía a Mesmer, Cagliostro, muchos otros charlatanes, y una multitud de saltimbanquis y jugadores de manos, para seducirnos aún con los hechizos del infierno… Esto es al menos lo que dice el abate Fiard; esto es lo que pretenden con el millares de graves pensadores.
Y que decir de todo esto?… Desgraciadamente para sus sistemas, los demonomanos se contradicen a cada momento. Tertuliano dice en cierto lugar, que los demonios han conservado todo su poder; que pueden estar en todas partes en un insttante, porque vuelan de un extremo del mundo al otro en el tiempo en que nosotros damos un paso (1) ; que conocen el porvenir; en fin que predicen la lluvia y el buen tiempo, porque viven en el aire y porque pueden examinar las nubes. La inquisición no andaba pues errada en condenar a los autores de almanaques, como gentes que tienen estrecho comercio con el diablo … Pero el mismo Tertuliano dice después que este ha perdido todos sus medios y seria ridiculez el temerle, etc.
Refiriendo las innumerables contradicciones de los demás teólosgos, no se haría sino repetir los mismos dogmas, y esto sería cansar inutilmente al lector. Bodín, autor bien conocido por la triste obra que ha compuesto contra los brujos y el diablo, Bodín, que en su Demonomanía pinta a Satanás con los colores más negros, dice en este mismo libro, cap 1.°: “Que los demonios pueden hacer bien, así como los ángeles pueden errar: que el demonio de Sócrates le alejaba siempre del mal y le apartaba del peligro: que los espíritus malignos sirven para la gloria del Todo Poderoso, como ejecutores de su recta justicia, y que no obran cosa alguna sin la permisión de Dios”.
En fin, preciso es advertir que según Miguel Psello, los demonios buenos o malos, se dividen en seis grandes secciones. Los primeros son los demonios del fuego, que habitan en lejanas regiones; los segundos son los de aire que vuelan al rededor nuestro, y tienen el poder de excitar las tempestades; los terceros son los de la tierra, que se mezclan con los hombres, y se ocupan en tentarlos (1) ; los cuartos son los de las aguas, que habitan en el mar y en los ríos para levantar en ellos las borrascas y causar los naufragios; los quintos son los demonios subterráneos, que obran los terremotos, y las erupciones de los volcanes, hacen hundirse los pozos, y atormentan a los mineros; los sextos son los demonios tenebrosos, llamados así porque viven muy lejos del sol y jamás se muestran en la tierra. San Agustín comprendía toda la masa de demonios en esta última clase. Ignórase precisamente de donde Miguel Psello ha sacado cosas tan extravagantes; pero tal vez ha sido de su sistema que los cabalistas han imaginado las salamandras, a las cuales colocan en la región del fuego, las sílfidas, que llevan el vacío de los aires, las ninfas, que viven en el agua, y los gnomos, que tienen su morada en el seno de la tierra. Los curiosos instruídos de todo cuanto concierne a las cosas del infierno, afirman que tan sólo pueden llevar el nombre de príncipes y señores los demonios que fueron antes querubines o serafines. Las dignidades, los honores, los cargos, y los gobiernos les pertenecen de derecho. Los que han sido arcángeles llenan los empleos públicos. Nada pueden pretender los que tan solo han sido ángeles. El rabino Elías en su Thisbi, cuenta que Adán se abstuvo del trato carnal con su mujer, por espacio de treinta años, para tenerlo con las diablesas que quedaron embarazadas y parieron diablos, espíritus, fantasmas y espectros; esta última clase es muy despreciable.
Gregorio de Nicea pretende que los demonios se multiplican entre sí como los hombres; de suerte que su número debe crecer considerablemente de día en día, sobretodo si uno considera la duración de su vida, que algunos sabios han qeurido calcular, pues hay muchos que no los hacen inmortales. Una corneja, dice Hesiodo, vive nueve veces más que el hombre; un ciervo cuatro veces más que la corneja; un cuervo tres veces más que el ciervo; el fénix nueve veces más que el cuervo; y los demonios diez veces más que el fénix. Suponiendo de setenta años la vida del hombre, que es la duración ordinaria, los demonios deberían vivir seiscientos ochenta mil y cuatrocientos años. Plutarco, que no acaba de comprender como se haya podido dar a los de. monios tan larga vida, cree que Hesiodo, por la palabra de edad de hombre, no ha entes dido más que un año; y concede a los demo• nios nueve mil seiscientos veinte años de vida.
Atribúyese a los demonios un grande po der, que el de los ángeles no siempre puede contrarrestar. Pueden hasta dar la muerte; un demonio fue el que mató a los siete primeros maridos de Sara, esposa del joven Tobías. Tan supersticiosos como los paganos que se creían gobernados por un buen y un mal genio, ima• gínanse muchos cristianos tener incesantemente a su lado un demonio contra un ángel, y cuan• do hacen algún mal, es porque el primero es más poderoso que el otro. En vez de dejar los infiernos a los espíritus rebeldes, parece que se les da la libertad de correr y trasladar• se donde quieren, y el poder de hacer todo el mal que los plazca. ¿Quién duda, exclama Wecker, que el espíritu malvado no puede ma• tar al hombre y arrebatarle sus más preciados y ocultos tesoros? ¿Quién duda que ve claro en medio de las tinieblas, que es transportado en un momento donde desea, que habla en el vientre de los poseídos, que pasa a través de las más sólidas paredes? Pero no hace todo el mal que él quisiera, su poder es algunas veces reprimido.
Así es, que se complacen en atormentar a los mortales y el hombre débil, obligado a luchar contra seres tan poderosos, es culpa. Me y condenado, si sucumbe…! Pero los que han inventado tan absurdas máximas se han confundido ellos mismos. Si el diablo tiene tanta fuerza y poder. ¿Por qué las legiones de demonios no han podido vencer a San An• tonio, cuyas tentaciones son tan famosas?
Léase en el santoral que san Hilario, no una sino muchas veces, se halló en riñas con los demonios. Una noche que la luna disipaba la oscuridad, pareciole que un carro tirado por cuatro caballos se dirigía a él con una increíble rapidez. ¿Qué es lo que hizo Hilario? Sospechó alguna treta del diablo, recurrió a la oración, y el carro se hundió al instante. Al acostarse Hilario presentábansele mujeres desnudas; cuando oraba a Dios, oía balidos de carneros, rugidos de leones, y suspiros de mujeres. Estando un día rezando muy distraído, sintió que un hombre se le encaramaba en la espalda, que le dañaba el vientre con unas espuelas, y dábale fuertes golpes en la cabeza con un látigo que tenía en las manos diciendo: ¡Pues qué! tropiezas…? Y después riendo a carcajadas le preguntaba si quería cebada, burlándose del santo, que había un día amenazado su cuerpo con no alimentarle con cebada sino con paja.
Los principales negocios están en la imaginación, y las pasiones son los demonios que nos tientan, ha dicho un padre del desierto, resistidles, huirán.
Muchas cosas, podrían aún decirse sobre los demonios, y las diversas opiniones que de ellos se han formado. Los habitantes de las islas Molucas creen que los demonios se introducen en sus casas por el agujero del techo, y conducen a ella un aire infestado que produce las viruelas. Para precaverse de esta desgracia, colocan en el paraje por donde pasan los demonios algunos muñecos de madera para espantar a los espíritus malignos, como ponemos nosotros hombres de paja en los campos para ahuyentar a los pájaros. Cuando estos isleños salen por la noche, tiempo destinado a las excursiones de los espíritus malvados, llevan siempre consigo una cebolla o un diente de ajo con un cuchillo y algunos pedazos de madera, y cuando las madres metes a sus hijos en la casa no se descuidan de colocar este preservativo en sus cabezas.
Los siameses no conocen otros demonios que las almas de los malvados que saliendo de los infiernos donde están detenidas, vagan un tiempo determinado por este mundo y hacen a los hombres todo el daño que pueden. De este número son los criminales ejecutados, los niños muertos después de nacidos, las mujeres muertas de parto, y los que lo han sido en desafío.
Los chingaleses miran las frecuentes tempestades de su isla como una prueba cierta de que está abandonada esta al furor de los demonios. Para impedir que los frutos sean robados, la gente del pueblo los abandona al demonio, y después de estas precauciones, ningún natural de la villa se atreve a tocarlos; el propietario no osa cogerlos, al menos que llevando alguno de ellos a una pagoda, los sacerdotes que lo reciban no destruyan el hechizo.


(1) La manía universal es el espectáculo más espantoso y terrible que se puede ver. El maniático tiene los ojos fijos, ensangrentados, hora fuera de su órbita, hora hundidos; el semblante de un rojo muy fuerte, las facciones desencajadas, todo el cuerpo en contracción; no reconoce a sus amigos, ni a sus padres, ni hijos, ni esposa, sombrío, fiero; amenazador, buscando la tierra desnuda y la oscuridad, se irrita del contacto de sus vestidos, los que rasga con las uñas y los dientes, del aire, de la luz, etc.
El hambre, la sed, el calor, el frío, son frecuentemente para el maniático, sensaciones desconocidas, otras veces exaltadas. (El doctor Foderé, Medicina legal.

 

(1) “Eudamon, cacodamon, dnmon”.
(2) “De resurrectione mortuorum”, lib. III , c

(3) La versión de los Setenta da al mundo mil quinientos o mil ochocientos años más que a nosotros. Los griegos modernos han seguido este cálculo, y el P. Pezron lo ha vertido entre nosotros, en la “Antigüedad restablecida”.
(4) Libro de Deo Socratis.
(1) “Evang. sec. Joan”, cap. VIII, vers. 44.
(2) He aquí lo que confundía aún a los maniqueos, pues preguntaban: ¿Cuál era ese espíritu de soberbia y quién le había creado? Como si no debiese entenderse metafóricamente.

 

(3) Cesario de Heisterbach dice que entre los ángeles no hubo rebeldes sino en la proporción de uno por diez y que, sin embargo, era tan grande su número, que llenaron en su caída todo el vacío de los aires. (“De dnmonibus”, cap. I.) Se ha seguido el cálculo de Milton y de los demonómanos que deben conocerse.
(2) “Angeles hic dudum fuerat…”.
(1) “Apocalipsis”, cap. V, vers. 7 y 9.
(2) El diablo habla con alguna diferencia en “El diablo pintado por sí mismo”.
(3) Omnes spiritus ales”, Tertull. apologet, capítulo XXII.

 

(4) “Quest’ é la boca de l’infernal arca”. Giuditta victoriosa, canto 3.

(1) “Totus orbis illis locus unus est, Apologet”, capítulo XXII.

(1) Alberto el Grande, a quien los partidarios de la superstición toman algunas veces para su apoyo, dice formalmente: “Todos esos cuentos de demonios que llenan los aires, que vuelan al rededor de los hombres y que descorren el velo del porvenir, son absurdos que jamás la sana razón admitirá. Lib. VIII, trat. I, cap. VIII