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Dolor y Voluptuosidad, La flagelacion

La flagelación
Se sabe desde siempre que la flagelación pa­siva y benigna puede provocar la eyaculación.
«Es probable —escribió Meibomio en su cé­lebre obra— que la flagelación proporcione a las partes relajadas y frías una conmoción violenta, una irritación voluptuosa que las inflama y se propala al semen… [La flagelación] ofrece al hombre libidinoso que buscaba en vano el pla­cer, el medio de consumar el acto de la repro­ducción a pesar de la propia naturaleza, y el de multiplicar sus goces criminales más allá de los lí­mites que ésta ha asignado a sus fuerzas.»
En un estilo más sensual que médico, Sade escribe:
«El dolor de las partes fustigadas sutiliza y precipita la sangre con más abundancia, atrae al espíritu y proporcionando a los órganos repro­ductores un calor excesivo y, por último, ofrece al ser libidinoso que busca el placer, el medio de consumar el acto de libertinaje a pesar de la pro­pia naturaleza y de multiplicar sus goces impúdi­cos más allá de los límites de esta naturaleza ma­drastra» (Juliette, II, p. 107). A eso se le llama plagiar con gracia…
En tiempos del marqués, tanto la corte como el pueblo practicaban la flagelación. Existían es­cuelas de fustigación, y no había un solo burdel que careciera de látigos y disciplinas. Fanny Hill sabía el modo de obtener una inyección balsámi­ca
y Madame Dodo se había especializado en azotar a las parejas a domicilio. En el duodécimo diálogo de los Tableaux des Moeurs du Temps, esta última se expresa en los siguientes términos:
«Le quité lo más rápido que pude la camisa y todos los refajos, y descubrí su culo moreno, grande y firme. En seguida me di cuenta, tanto por sus movimientos como por sus palabras, de que conocía el tema. La azoté con todas mis fuerzas; luego coloqué junto a ella, en la misma postura, al señor, al que también azoté con todas mis fuerzas. Cuando acabé, se echaron en la cama, corrieron las cortinas y les dejé. Más tarde volví, y me pagaron bien…»
El Ducutiana, que Petronio hubiera aproba­do, también es muy formal respecto a las volup­tuosas aportaciones del látigo o el manojo de or­tigas:
A una mujer melancólica,
por falta de ocupación,
frotadle el culo con una ortiga
y rebosará de pasión.
Estos ejemplos no son únicamente literarios. Todavía hoy, la «educación inglesa» cuenta con adeptos, y abundan las llamadas casas de masa­jes, que satisfacen a un inmenso rebaño de im­potentes e individuos hastiados. Sin embargo, insistimos en que no se trata de maníacos o dese­quilibrados, sino de desgraciados que buscan un apaciguamiento sensorial. La autoflagelación fe­menina es muchísimo más rara. En la historia, ya clásica, de Florrie, Havelock Ellis señala que el latigo se convierte en fetiche en tanto que sustitutivo del pene y representacion idealizada de la fuerza bruta.
En la foto

Francesco del Cairo:
Herodíades. Museo de Vicenza. Destacan
en el cuadro el éxtasis sensual y la
expresión histérica. (Foto: A. Vajenti.)