EXCOMUNIÓN

IMG_4628EXCOMUNIÓN Los rayos de la Iglesia eran en otro tiempo en extremo temidos, todo el mundo tenía derecho a matar impunemente a un excomulgado, usurparle los bienes, de­vastar sus dominios, y hacerle toda especie de fechorías, sin que tuviese nada que alegar en su defensa; reusaban comer en sus compañía, y hablar con él; mirándole como infestado de un mal contagioso, huía todo el mundo de su lado como lo hubieran podido hacer de un apestado hasta tanto que lavó el borrón de su afrenta con una penitencia pública. Pero en los tiempos que alcanzamos han decaído en extremo de su poder las excomuniones: esta arma terrible, que entre los antiguos causaba tal estrago, ha perdido su buen temple y su poder.

El primer día de pascua del año 1245 un canónigo de san Germán (I* Auxerrois) estan­do en el pulpito anunció a sus feligreses que el papa Inocencio IV quería excomulgar al emperador Federico II en todas las iglesias de la cristiandad. “No puedo atinar, añadió, ron la causa de este castigo; solo se que el papa y el emperador están en sangrienta guerra, y como ignoro cual de los dos dio el motivo, ex­comulgo en nombre de todos los derechos que la iglesia me concede a aquel de los dos que no tenga razón absolviendo desde ahora al otro”. Federico II, a quien contaron este chis­te, envió al canónigo un rico presente.
Lanzó el Arzobispo de León en 1120 una excomunión contra las orugas y langostas que hacían espantoso estrago en la cosecha. Sobre este particular, añade Saint-Foix que en el reinado de Francisco I, en la causa que for­mulaban los labradores contra esos insectos, les daban un abogado que los defendía como hubiera podido hacerse con cualquier malhe­chor; Juan Milon de Champaña, fue portador de una sentencia pronunciada el 9 de julio del año 1516:
“Atendiendo a los estragos causados en las heredades de los colonos de Villenove por las orugas, ordenamos que salgan de estos lugares en el término de seis días contaderos desde el de la fecha, y de no hacerlo serán maldecidas y excomulgadas”.
¿Quién ha criado los insectos ya que se ruega al Señor que los destruya?
Disponiéndose a pasar a Inglaterra Guiller­mo el Conquistador en 1066 recibió del papa un estandarte bendecido, un cabello de san Pedro, y una bula de excomunión contra todo aquel que se opusiese a su empresa.
En los Secretos de los griegos se lee que un religioso del desierto de Scheté, habiendo sido excomulgado por su superior a causa de algu­na desobediencia, huyó de su lado, y llegó a Alejandría donde le prendieron por orden del gobernador y le despojaron con ignominia de su santo hábito; fue después destinado como una de las víctimas que se ofrecían a los dio­ses falsos. El prófugo sufrió con santa resigna­ción los bárbaros tormentos que le hicieron padecer, hasta que por último cortándole la cabeza pusieron fin a sus penas; acabado el sacrificio le sacaron fuera de la ciudad, y le tiraron por los animales carnívoros. Durante la noche los cristianos le fueron a buscar y envolviéndolo después de embalsamado, en ri­ca mortaja, lo llevaron a enterrar como mártir en un lugar escogido en la principal iglesia.
Antes de empezar al día siguiente la misa, el sacerdote que debía celebrarla dirigióse a su auditorio, como era costumbre en aquellos tiempos, encargándoles: “Que todos los que no hubiesen comulgado se retirasen de la iglesia para no profanar con su presencia la imagen del Señor; viose con admiración de los cir­cunstantes abrirse con lentitud la sepultura del mártir, y marcharse su cuerpo del mismo modo, en dirección a los claustros, concluido el oficio entró en la iglesia y se encerró en la losa que cubría sus despojos. No dejó de ha­ber quien rogase al Señor por el bien estar de aquel cuerpo y al cabo de tres días se apa­reció a una niña en sueños un ásgel y la dijo que el religioso había incurrido en la excomu­nión, por haber desobedecido a su superior, y que permanecería en el mismo estado hasta tanto que le absolviese él mismo que le había castigado. Inmediatamente fueron al desierto a buscarle, y después de hallado fue conducido el buen anciano ante el sepulcro del már­tir, quien después de haber sido absuelto per­maneció en su tumba sin alterarse al oir las palabras de los sacerdotes. — Así se cuenta: nosotros nada ponemos ni quitamos de nuestra cosecha.
Aun en el día los griegos están persuadidos de que los cuerpos de los excomulgados no se reducen como los demás a polvo por mucho tiempo que estén enterrados, y aunque sea en tierra bendecida, hasta tanto que reciban la absolución. Pretenden también que la tierra escupe los cadáveres profanos.
En el siglo XV mandando el patriarca Ma­nuel o Máximo, el emperador turco de Cons-tantinopla quiso saber si era verdad que los cuerpos de los excomulgados no se corrompían. Ordenó abrir el patriarca la huesa de una mu­jer que había tenido comercio ilícito con un arzobispo, y que otro prelado había excomul­gado. Hallaron el cadáver muy negro e hin­chado. Encerráronle los turcos en una tumba con el sello del sultán para que nadie fuese atrevido a tocarla; hizo el patriarca sus ora­ciones, dio la absolución a la difunta y al re­conocerla al cabo de tres días encontraron el cuerpo reducido a polvo. Pero es de observar que no tiene nada de extraño este milagro, pues ya sabemos que los cadáveres que se ex­traen intactos de las sepulturas expuestos al aire se vuelven polvo en muy corto tiempo.
En el segundo concilio que se verificó en Limoges en 1031 el obisjo de Cahors contó una aventura bastante extraña a la verdad y que presentó como reciente.
“Un caballero de nuestra diócesis, exclamó el prelado, fue muerto estando excomulgado: no quise ceder a los reiterados ruegos de sus amigos que me suplicaban le absolviese; que­ría hacer un ejemplar castigo para que escar­mentasen los demás; de consiguiente fue ente­rrado por algunos gentiles hombres, sin las ceremonias eclesiásticas ni el permiso y asistencia de los sacerdotes, en una arruinada iglesia dedicada en otro tiempo a san Pedro.
Al siguiente día por la mañana encontraron su cuerpo arrojado a alguna distancia de la sepultura, la que se conocía que había per­manecido intacta. Los caballeros que le ha­bían enterrado solo hallaron en ella los lienzos en que había sido envuelto; pusiéronse en la huesa segunda vez cubriéndola además de la losa con una cantidad enorme de piedras.
Al otro día encontraron también el cadáver fuera de su puesto sin que se notase que la ha­bía hecho algún ser humano. Aconteció lo mismo por espacio de cinco días; enterráronle por último, viendo que la iglesia lo desecha­ba, lejos de todo lugar santo y en tierra profa­na, lo que llenó de terror a los señores feu­dales circunvecinos que vinieron a rogarme le perdonase.
¿No es esto, según dice don Calmet, un he­cho incontestable? Pues no es menos digno de fe el siguiente. Juan Bromton cuenta en su crónica (y los Bollandistas en el 26 de mayo del mismo año) que S. Agustín, apóstol de Inglaterra, predicando sobre la necesidad de pagar el diezmo, exclamó al empezar la misa ante su auditorio. ¡Que ningún exco­mulgado asista al santo sacrificio! “Viose al momento salir de la iglesia un difunto que estaba enterrado hacía ya ciento cincuenta años.
Después de la misa, precedido S. Agustín de la santa cruz, preguntó al difunto, por que se había marchado, a lo que contestó que había muerto en la excomunión; demandóle el santo donde se hallaba enterrado el cuerpo del que le había lanzado la excomunión. Tras­ladáronse al lugar donde dijo el muerto que se encontraba, y hallado que fue, S. Agustín ordenó que se levantara; volvió a la vida de­clarando que había excomulgado a aquel hombre por su obstinación en rehusar el pago del diezmo; a los constantes ruegos del santo diole el difunto sacerdote la absolución, vol­viéndose al momento los dos muertos a sus respectivos sepulcros.
Pueden hacerse no obstante algunas leves observaciones sobre esta milagrosa aventura. En la época de S. Agustín, apóstol de Ingla­terra, los ingleses no pagaban el diezmo, y no por eso eran excomulgados. Ciento cin­cuenta años antes estaban bien lejos de saber lo que era diezmo ni excomunión, pues ni siquiera había a la sazón en aquel país sacer­dotes cristianos, iglesias ni remota idea de lo que se refiere en el cuento de Juan Bromtom. Pero continuemos nuestra narración pasando a otros sucesos.
Platón y Demócrates dicen (y los Hebreos tenían la misma opinión) que las almas per­manecen cierto tiempo al lado de sus cadá­veres preservándolos algunas veces de la co­rrupción haciéndoles crecer el cabello, y las uñas en sus mismas sepulturas, circunstan­cia que solo se ha otorgado a los vampiros del siglo pasado.
Creían los primeros cristianos también que los difuntos se salían respetuosamente de sus sepulcros para hacer lugar a otros como más dignos de ocupar su puesto. Murió S. Juan el limosnero en Amathonta, en la isla de Chypre, y fueron a depositarle entre dos abispos muertos hacía ya algunos años; al llegar los sepultureros con el cuerpo santo se hicieron a un lado con reverencia para cederle el hon­roso lugar que le correspondía.
Desde remotos tiempos se ha creído que los cuerpos de los santos no se pudren en sus tumbas. He aquí el motivo de esperar cien años para canonizar un difunto porque si un cadáver en el espacio de un siglo no se ha corrompido, es señal de que perteneció a un bienaventurado. De la misma opinión son los griegos, aunque añaden que así como los cuerpos de los excomulgados son negros, fé­tidos e hinchados, los de los santos despiden un perfume oloroso y siempre se conservan en el mismo estado en que se hallaban el día de su entierro. S. Librio arzobispo de Bre­ma en el siglo XI excomulgó a unos piratas que habían hecho muchas maldades; murió uno de ellos y fue sepultado en la Noruega; pasados sesenta años encontraron el cadáver intacto aunque muy negro y hediondo. Diole un obispo la absolución y desde entonces se fue reduciendo a polvo insensiblemente.
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