Flamel, Nicolas

FLAMEL (Nicolás) Célebre alquimista del siglo xlv de quien no se sabe el lugar ni la época de su nacimiento porque no es cierto que naciese en París o en Poutosie. Fue al principio alternativamente escritor público, librero jurado, poeta, pintor, matemático, arquitecto; y por fin de pobre que era llegó a ser sumamente rico por haber tenido la suerte de hallar la piedra filosofal. Una noche, dicen, estando durmiendo se le apareció un ángel con un libro harto original, cubierto de bronce bien trabajado, las hojas de unas plan-chitas muy delgadas grabadas con mucho arte y escritas con una punta de hierro. Una inscripción en gruesas letras doradas contenía una dedicatoria a los judíos por Abrahamm el judío, príncipe, sacerdote, astrólogo y filósofo.
“Flamel, le dijo el ángel, ¿ves este libro escrito con caracteres ininteligibles? Tú leerás un día en él lo que nadie podrá leer.”
A estas palabras Flamel alarga las manos para tomar aquel regalo precioso, pero el ángel y el libro desaparecieron y vio salir de sus huellos arroyos de oro.
Despertó Nicolás, pero el sueño tardó tanto en cumplirse, que su imaginación se había ya amortiguado, cuando un día en un libro que acababa de comprar sin siquiera mirarlo reconoció la inscripción del último libro que había visto en sueños con las mismas cubiertas, la misma dedicatoria y el mismo nombre del autor.
El libro tenía por objeto la trasmutación de los metales y sus hojas en número de 21, que forman el misterioso número de tres veces siete. Nicolás se puso a estudiar pero no pudiendo comprender las figuras, hizo un voto a Dios y a Santiago de Galicia pidiéndoles la interpretación de aquéllas, la que sin embargo no pudo obtener sino de un rabino. La peregrinación a Santiago se verificó en seguida y Flamel volvió de él iluminado. Ved ahí la oración que había hecho para obtener la revelación:
“Dios Omnipotente, Eterno, padre de la luz de quien proceden todos los bienes y todos los dones perfectos, yo imploro vuestra misericordia infinita; dejadme conocer la eterna sabiduría que rodea vuestro trono, que todo lo ha criado, que todo lo guía y conserva. Dignaos enviármela del cielo, vuestro santuario, del trono de vuestra gloria a fin de que ella sea quien trabaje en mí porque ella es la muestra de todas las artes celestiales y ocultas que posee la ciencia y la inteligencia de todas las cosas; haced que me acompañe en todas mis obras, que por medio de su espíritu posea yo la verdadera inteligencia. Que yo proceda infaliblemente en el noble arte al cual me he consagrado, en busca de la maravillosa piedra de los sabios que habéis ocultado al mundo, pero que acostumbráis descubrir a vuestros elegidos; que esta grande obra que voy a emprender aquí en la tierra la empiece, la continúe y la acabe y que goce de ella felizmente para siempre. Os lo pido por Jesucristo, piedra celeste, angular, milagrosa y fundamento de toda eternidad que reina con vos, etc.”
Esta oración surtió el efecto deseado, pues que por inspiración de la bendita Virgen, Flamel convirtió al principio el mercurio en plata y luego en oro.
No bien se vio en posesión de la piedra filosofal cuando quiso que monumentos públicos diesen testimonio de su piedad y riqueza. No se olvidó de hacer colocar por todas partes su retrato y su estátua esculpidos, acompañados de un escudo o de una mano con un escritorio en forma de armario. Igualmente hizo gravar en todas partes el retrato de su mujer Pernelle, que le ayudó en sus trabajos de alquimista.
Flamel fue enterrado en la iglesia de SaintJacques la Boucherie; después de muerto muchos se imaginaron que aquellas pinturas y esculturas alegóricas eran otros tantos signos cabalísticos que encerraban un sentido del que se podría sacar provecho. Su casa, situada en la calle vieja de Maribaux, núm. 16, infundió sospechas de que podrían hallarse en ella muchos tesoros.
Un amigo del difunto se obligó con este intento a restaurarla gratis; lo registró todo y no encontró nada.
Otros han supuesto que Flamel no había muerto y que tenía todavía mil años de vida; aún podría vivir mucho más en virtud del bál. samo universal que él había descubierto. Sea de ello lo que fuere, el viajero Pablo Lucas afirma, en una de sus relaciones, haber halla• do a un Derviche o monje turco, el cual había visto a Nicolás Flamel embarcado para In. dias.
No se han contentado con representar a Ni colás Flamel como un adepto, sí que se le ha hecho autor. En el año 1561, 143 después de su muerte, Santiago Gohorry publicó en 18.°, bajo el título de Trasformación metálica, tres tratados en rima francesa: La fuente de los amantes de las ciencias; con los avisos de la naturaleza al alquimista errante, con la recon• testación para Juan de Meung, y el Sumario filosófico, atribuido a Nicolás Flamel. Dice también ser suyo El deseo deseado o tesoro de la filosofía, dicho de otro modo El libro de las seis palabras, que se encuentra cc n el Tratado del azufre, del cosmopolita, y la obra real de Carlos IV, en París, de los años 1618 y 1659, en 8.° Hácésele también autor de las Grandes luces de la piedra filosofal para la trasmuta• ción de todos los metales. El editor prometía La alegría perfecta de yo, Nicolás Flamet, y Pernelle mi mujer, la cual no ha salido a luz, y finalmente ha dado la música química opúsculo muy raro, y otros trabajos que no son buscados. En resumen, Flamel era un hombre laborioso que se hizo rico trabajando con los judíos, y como esto lo hacía ocultamente, atribuyéronsele sus riquezas a medios maravillosos.
El abate de Villars, en su Conde de Gabalis, dice ser Nicolás Flamel un cirujano que comerciaba con los espíritus elementales. Se han referido de él mil cuentos singulares, y en nuestros días un truhán, o por mejor decir un chancero, en el mes de mayo de 1818 esparció por los cafés de París un aviso en el que declaraba ser él el famoso Nicolás Flamel, que buscaba la piedra filosofal en un rincón de la calle Marivaux, que más de 400 años había viajado por todos los países del mundo y que había vivido por el espacio de más de cuatro siglos, por medio del elxir de vida que él había tenido la felicidad de descubrir. Cuatro siglos de pesquisas le habían hecho muy sabio, el más sabio de los alquimistas. Hacía oro a su voluntad y los curiosos podían presentarse en su casa de la calle de Clery, número 22, y tomar una inscripción que les costaría trescientos mil francos, por medio de la cual quedarían iniciados en los secretos del maestro y se harían sin mucho trabajo un millón ochocientos mil francos de renta. Algunas personas han advertido que las proposiciones del supuesto Flamel no han tenido buen resultado, atribuyéndolo al espíritu del siglo; pero más bien se debe atribuir el no haber logrado su efecto este charlatanismo, al excesivo precio de la iniciación. Porque en todas partes y en todos tiempos siempre que se presentan impostores pueden estar seguros de que encontráis tontos que los crean.
El que quiera adquirir más detalles puede consultar la historia crítica bastante estimada de Nicolás Flamel y de Pernelle su mujer, por el abate Villain, París 1761.