Lurancy Vennum y Posesion de Mary Roff

Existe comprobada constancia de un extrordinario caso de presunta posesión, no por entidades sobrenaturales o demoníacas, sino por el espíritu de una joven fallecida a los dieciocho años de edad.
El caso apareció publicado por el doctor Stevens en el «Religio-Philosophical Journal» de los Estados Unidos, con el título de «Watseka Wonder» y obtuvo una amplia popularidad por aquel entonces — principios de siglo—, despertando la inquietud y curiosidad de nume­rosos investigadores de lo paranormal, y dando lugar a una enconada polémica acerca de la posibilidad de que el fenómeno fuera en reali­dad un caso de verdadera posesión.
Los acontecimientos se desarrollaron —hace más de cien años— en una pequeña ciudad del Estado de Illinois, llamada Watseka. Vivieron por aquella época dos familias en tal ciudad, los Vennum y los Roff. Ambas se conocían tan sólo superficialmente, teniendo contactos muy distantes en el tiempo y lejos, de todos modos, de cualquier tipo de intimidad.
Los sucesüs comenzaron cuando Lurancy Vennum, hija de los Ven­num, que aún no contaba catorce años de edad, hubo de ser internada en un local especialmente destinado para personas dementes. Los sín­tomas que presentaba eran por demás espectaculares: tras largas y penosas crisis epileptoides o histerógenas —el médico que la trató, el doctor Stevens, nunca pudo especificar la naturaleza de sus ataques—, Lurancy sufría bruscos e inopidados cambios de personalidad. Los tra­tamientos a que fue sometida no dieron resultado, y se acabó conside­rándola como un caso sin esperanza.
Estos síntomas no tendrían más trascendencia desde una perspecti­va psiquiátrica moderna y no serían, por tanto, objeto de nuestro inte­rés, si no fuera por los fenómenos que posteriormente se desarrollaron en la persona de la desdichada Lurancy Vennum.
El caso de Lurancy pronto se extendió por los alrededores, inquie­tando al señor Roff, cuya hija Mary, fallecida hacia doce años, había muerto a causa de unos padecimientos extremadamente similares. Aun­que los Roff no habían tenido una especial relación con los Vennum, el señor Roff decidió visitar a Lurancy para advertir a sus padres acerca de los malos tratos que su hija Mary había recibido en una institución para enfermos mentales y que aceleraron, quizás, su muerte. El señor Roff marchó, en compañía del doctor Stevens a visitar a Lurancy. Am­bos la encontraron en un estado lamentable, alternando crisis catatóni-cas con caídas al suelo muy aparatosas y estados crepusculares de consciencia en los que afirmaba recibir visitas de diversos «espíritus» de personas ya difuntas.
¿Regreso del «más alla»?
Pero al contemplar al señor Roff, Lurancy exclamó que había recibi­do una inesperada y nueva «visita» espiritual, cuyo nombre era «Mary Roff». El señor Roff, ciertamente emocionado, instó a Lurancy para que permitiera manifestarse a su hija desaparecida. Y así pareció suceder: tras doce años de «habitat» en el más allá, Mary Roff decidió «tomar el cuerpo» de la infortunada Lurancy, y manifestarse tal y como fue en vida.
Desde ese momento, Lurancy Vennum afirmaba repetidamente ser Mary Roff, y pedía con insistencia que la llevaran a «su» verdadera casa, asegurando, con los gestos y ademanes más convincentes, no conocer en absoluto a los miembros de la familia Vennum. Y tanta fue su insis­tencia que los restantes miembros de la familia Roff decidieron ir a visitar a aquella joven que afirmaba ser Mary, su hija muerta a los die­ciocho años.
Singular fue la reacción de Lurancy cuando, asomándose a la venta­na, gritó alborozada al reconocer a su madre y hermana, a quien llamó inmediatamente por su nombre familiar, Nervie (Minerva). Cubrió de entrañables abrazos a ambas, insistiendo con más encono que nunca en que la trasladaran a su verdadera casa.
Como los ataques y delirios violentos de Lurancy habían desapare­cido desde que comenzó a autodenominarse Mary Roff, y ante la deses­perada insistencia de la muchacha, los Vennum consistieron en que Lurancy partiera para vivir una temporada en casa de los Roff, aco­giéndola éstos como si fuera su verdadera hija.
Cuando Lurancy llegó a casa de los Roff, todo pareció resultarle familiar y conocido, incluso hasta los más mínimos detalles. Supo, desde un principio, la correcta disposición de las estancias, así como el lugar usual de los objetos y útiles familiares. Reconocía y saludaba adecuada­mente a los amigos y conocidos de sus supuestos padres —sólo a aque­llos a los que Mary había conocido en vida, es decir, doce años atrás—. En una ocasión, según cuenta el doctor Stevens, localizó una caja en la que hacía doce años había guardado un collar roto, describiendo deta­lladamente su contenido antes de abrirla. En suma, su comportamiento con respecto a su nueva familia era en todo similar al que hubiera teni­do la difunta Mary; parecía conocer con absoluta certeza todas las anécdotas y circunstancias que eran recuerdos comunes de la familia. Le gustaba, en aquel período, relatar minuciosamente sucesos acaeci­dos en vida de Mary, así como las reacciones y comportamientos que sus familiares tuvieron. Se podría hablar de una total «retroadaptación».
Un caso perfecto
Al cabo de los meses, la verdadera personalidad de Lurancy Ven­num, comenzó, tímidamente, a hacer su aparición en el propio ambien­te de los Roff. Al principio, eran lapsos de tiempo breve, en los que aparecía la personalidad de Lurancy, para dejar paso a la dramatizada de Mary Roff. Más tarde Lurancy empezó a extrañar a los Roff, olvidan­do detalles, localizaciones, circunstancias y sucesos que, poco antes, relatara con gran alegría. Fue en un momento en que se hallaba pre­sente su hermano Henry Vennum cuando afloró por completo la perso­nalidad de Lurancy Vennum, abrazándose enfáticamente a su hermano y rogándole, con abundante llanto, que la llevara a su verdadera casa, la de los Vennum.
Desde aquellos momentos, Lurancy olvidó por completo a los Roff, y —así lo afirma el doctor Stevens— su comportamiento volvió a ser el de antes, lo mismo que-su caligrafía, pues se pudo comprobar que las cartas que enviaba periódicamente cambiaron en cuanto al contenido y los rasgos desde que comenzó a extrañar a los Roff, es decir, desde que empezó a firmar las cartas con el nombre de Lurancy Vennum, en vez de hacerlo con el Mary Roff.
Lurancy volvió al hogar totalmente curada de su enfermedad men­tal, casándose posteriormente, sin mostrar en adelante síntomas mani­fiestos de desequilibrio. Podría pensarse que el espíritu de Mary Roff la había «curado».
Este es el caso más perfecto y completo que se conoce en los ana­les de lo paranormal, que pudiera sugerir directamente la idea de un proceso de verdadera posesión del cuerpo de un ser vivo por el «espí­ritu» de un difunto. En general, es aceptado así por gran número de tratadistas y estudiosos del tema y, para decir verdad, presenta unas características muy sugestivas para detenerse en el análisis de sus cir­cunstancias y pormenores.
Se nos abren, pues, varios interrogantes. ¿Cómo consiguió Lurancy llegar a conocer con tanta perfección el ambiente que rodeaba a la difunda Mary Roff, considerando, además, que hacía ya doce años que ésta había abandonado el reino de los vivos? ¿Cómo pudo remedar —mimetizarse prácticamente— el carácter y ademanes de Mary? ¿Cómo fue capaz de reconocer inmediatamente como sus padres y hermanos a personas que le eran desconocidas antes? Todos estos interrogantes no llevan, directa y necesariamente, a plantearnos la cuestión más funda­mental, y sobre la que desarrollamos algunas consideraciones: ¿Estuvo realmente poseído el cuerpo de la joven Lurancy Vennum por el «espí­ritu» —psiquismo, consciencia superviviente, memoria, etc.— de la di­funta Mary Roff? ¿Cómo, si no, se explica que Lurancy dejara de reco­nocer a sus verdaderos padres y prefiriera marchar a vivir a la casa de los Roff, donde todo parecía serle familiar, y con quienes compartía una serie de vivencias y recuerdos que solamente la desaparcida Mary po­dría poseer?
Algunos inconvenientes presenta el caso que nos ocupa. Que los fenómenos que el tal doctor Stevens nos narra como producidos por la jovencita Lurancy Vennum pertenecen al ámbito de lo paranormal es algo que, de ser cierto lo que él relató, no nos ofrece ninguna duda.
Incognitas irresolubles
Tres puntos débiles encontramos en el caso descrito que pudieran poner en duda la idea de la «posesión». Tanto el doctor Strevens como el señor Roff eran adictos al movimiento espiritista; por eso probable­mente, el doctor Stevens, al observar las cualidades mediumnicas que mostrabra Lurancy mientras estuvo internada en el asilo de dementes, invitaba al señor Roff a visitarla, por ver si podía manifestarse, a través de las facultades mediúnicas de Lurancy, el espíritu de la desapareci­da hija del señor Roff (posibilidad que, según las convicciones espiritis­tas, no les resultaría muy remota). Y así parece que sucedió: Lurancy, quizás percibiendo por algún canal hiperestético o extransensorial que el señor Roff deseaba comunicarse con su hija muerta, dejó que se manifestase la personalidad de Mary Roff; y esto último no es de extra-, ñar, pues uno de los síntomas de la enfermedad mental que la había llevado a la reclusión era, precisamente, el manifestar personalidades al­ternantes. Y tanto llegó a mimetizarse Lurancy con el personaje de Ma­ry Roff que, durante un lapso de tiempo, llegó a vivirlo, olvidándose por completo de su verdadera personalidad. Tampoco esta actitud nos ha­bría de extrañar, pues en los anales de psiquiatría son innumerables los casos de personalidades psicóticas que afirman ser personas diferentes a las que realmente son. Lo que sí nos parece insólito es que Lurancy lograra (prácticamente reconstruir la vida de Mary Roff, conociendo tan­tos detalles y circunstancias que hacían pensar que era la propia Mary, venida del más allá, quien guiaba sus actos.
Otro punto que creemos interesante y explicativo es que el doctor Stevens conocía desde hacía mucho tiempo a la familia Roff, por lo cual pudo servirle a Lurancy como «intermediario» telepático para obtener todo tipo de información acerca de su hija y de sus padres y hermanos. Captando, pues, por vía extransensorial, tales informaciones a través del doctor Stevens, Lurancy pudo dramatizar el personaje de la difunta Mary. Por otro lado, destaquemos que entre los Roff y los Vennum hubo un corto período de coincidencia —fueron vecinos años atrás—, cuando Lurancy era una niña. En este breve período hay que entender que Lurancy conoció a los Roff, y pudo retener datos, tanto a nivel conscien­te como a nivel inconsciente, que luego le pudieron servir para repre­sentar tan vivamente el personaje de Mary.
Por último, y quizá sea la objección de más peso, podríamos pensar que Lurancy, cuando estaba en el ambiente de los Roff (en la casa de Mary) percibía estímulos sensoriales y parasensoriales de todo tipo, aparte de captar de los Roff informaciones telepáticas sobre la persona, modos y forma de actuar de Mary, con las que podía remedar bastante bien la personalidad de la difunta, así como narrar sucesos y circuns­tancias de su vida y de la familia Roff. A este respecto comenta el parapsicólogo H. C. Berendt: «Cuando Lurancy vivía ya en el ambiente de la familia Roff, toda la realidad de la casa pudo haber actuado en Lurancy como un campo psicométnco. De éste podría haber extraído Lurancy el conocimiento paranormal que manifestó luego, igual que un buen paragnosta (dotado o médium), con sólo mirar un objeto, puede leer en él detalles sobre la vida y las enfermedades de quien fue su dueño.»
No obstante, aunque este tipo de casos pudiera ser explicado me­diante las facultades mediúmnicas extrasensonales del sujeto, hay in­vestigadores que los consideran evidencia de la posibilidad de que el «espíritu» de una persona ya difunta ocupe temporalmente el cuerpo de un vivo. De todos modos, los hechos relatados tuvieron lugar hace más de cien años, por lo que cualquier intento de estudiar detallada­mente las circunstancias en que se desarrollaron y de realizar un exa­men psicológico de los personajes resulta ya imposible.
Pero «imposible» es una palabra que, como decía Napoleón, sólo se encuentra en el diccionario de los imbéciles. ¿Es «imposible» realizar viajes astrales? ¿Es igualmente «imposible» que el ser humano pueda encontrarse en dos lugares a la vez? ¿Es la reencarnación algo más que un mito «imposible»? Seguidamente intentaremos dar una respuesta po­sible a todos estos interrogantes.
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