MASTIFICACION, muertos que comen.

MASTIFICACION Los antiguos creían que los muertos comían en la tumba. No se sabe si los oían mascar, pero es cierto que se debe atribuir a la opinión que conservaba a los muertos la facultad de comer, la costumbre de las fúnebres comidas que se servían desde tiempo inmemorial, entre los antiguos pueblos, sobre la tumba del difunto. En su primitivo origen los sacerdotes comían de estos manja­res durante la noche, cosa que fortalecía más la idea de que los difuntos comían, pues los que verdaderamente lo hacían lo ocultaban a todo el mundo.
La opinión de que los espectros se mantienen está aún muy esparcida en Levante. Mucho tiempo hay que los alemanes están persuadi­dos de que los difuntos mascan como cerdos en sus sepulcros, y que es fácil oír el ruido que hacen al roer lo que devoran. Felipe Rherio en el siglo XVII, y a principios del xvm Miguel Raufft, han publicado varios tratados sobre los muertos que mascan en sus sepul­cros. Dicen que en varios parajes de Alema­nia para impedir el que los difuntos masquen se les pone encima la barba una gran porción de tierra al enterrarlos; en otras partes se les pone dentro la boca una moneda de plata, y otros les atan estrechamente la garganta con un pañuelo.
Citan en seguida muchos difuntos que han devorado su propia carne en la tumba. ¡Asom­broso es por cierto el ver sabios que encuen­tren algo de prodigioso en hechos tan natura­les! Durante la noche que siguió a los fune­rales del conde Enrique de Salm, oyéronse en la iglesia de la abadía de Haute-Seille, donde había sido enterrado, gritos y quejidos sordos que los alemanes hubieran tomado sin duda por el ruido de una persona que masca, y habiendo abierto al día siguiente la tumba del conde encontrósele muerto, pero vuelto de es­paldas, cuando había sido enterrado boca arri­ba. Se le había enterrado vivo.
A causa semejante debe atribuirse la histo­ria referida por Raufft de una mujer de Bohe­mia que en el año 1345 devoró en su tumba la mitad del paño mortuorio que la cubría. En el último siglo, habiendo sido enterrado pre­cipitadamente un pobre hombre, en el cemen­terio oyóse durante la noche un ruido sordo dentro de la huesa; abriéronla al día siguien­te y encontróse que se había comido toda la carne de un brazo. Este hombre, habiendo be­bido con extraordinario exceso muchos vasos de aguardiente, había caído en un letargo y, creyéndolo muerto, le enterraron vivo aún.